Relat guanyador 2.000 - categoria Sant Adrià de Besòs
Autora: Casilda Rubio Gil
EL MEJOR VIAJE.
"Bienvenidos a los informativos. Son las doce del mediodía, las once en Canarias. Hoy, 10 de Octubre de 1998 el servicio de Inspección de Hacienda ha iniciado un plan para entrar a fondo en las cuentas de casi todos los..."
Aquella mañana María se encontraba sentada en el poyo que había junto a la puerta de su casa, su espalda descansaba en el muro y tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, intentando, con aquella postura, que el sol alcanzara al máximo su rostro. Estaba inmóvil, como aletargada, dejando fluir su pensamiento a favor de aquellos recuerdos de hace tantos años e intentando cambiar la historia de su vida con el único instrumento del que disponía: su imaginación. Sus pestañas se humedecieron y un lagrimeo tímido escapó por aquellos ojos herméticamente cerrados desplazándose hasta las comisuras de la boca en donde se esbozaba una leve sonrisa, el sabor salado de aquel llanto silencioso parecía consolarla.
Se escuchó el ruido de un motor cada vez más próximo, a los pocos segundos cesó, y unos pasos se acercaron hacia donde María estaba sentada; seguía inmóvil, nada turbaba la nueva vida que estaba construyendo; podía hacer y deshacer a su antojo y sobre todo podía ver, tocar, sentir, ser feliz con los suyos, los que ahora ya no estaban. Hacía mucho tiempo que utilizaba este método para descansar de la tan pesada carga de amargura que la invadía constantemente. Ella lo llamaba "su viaje".
Cada madrugada, cuando se levantaba de la cama para abandonar su insomnio, sabía que dedicaría la mayor parte del día a viajar, viajar desde dentro y hacia dentro de sí misma, nunca hacia fuera, rechazaba la realidad, está llena de fronteras, de limitaciones –se decía-. Sabía perfectamente que en la vida real nada ocurre como se planea, que ésta es injusta, inícua, carente de sentido y era precisamente su viaje diario lo único que daba sentido a su vida; en él podía mantener vivos a sus seres queridos, podía reír con ellos, disfrutar con ellos, quedarse con ellos y no volver a despertar. Así lo haría sino fuese porque su hermana Rosa iba todos los días a visitarla para asegurarse de que se encontraba en buen estado. Ésta sentía una gran pena por su hermana. Tras el regreso a España, hace ya tantos años, después de que ocurrieran aquellos desagradables acontecimientos, María se sumergió poco a poco en una tristeza cada vez más manifiesta, más desalentadora, pasaba los días desprovista de toda alegría, no era sino un remedo de lo que había sido, aquel derroche de energía y simpatía que la caracterizaban había desaparecido. Ahora toda ella era gris por mucho que se esforzara Rosa en colorear su vida. Los médicos lo llamaban depresión.
Su viaje diario comenzaba evocando recuerdos lejanos cuando era una joven adolescente con ganas de aprender y descubrir el mundo, era inquieta e independiente. En su pequeño pueblo gallego estas cualidades no estaban bien vistas en una mujer y muy pronto tuvo claro lo que deseaba hacer, iría la universidad y en cuanto acabara los estudios haría una gran viaje. A la edad de veintiún años, ella y su amiga Isabel decidieron partir hacia Sudamérica; deseaban con impaciencia adolescente salir cuanto antes de aquel pueblo que resultaba asfixiante y sin futuro.
-¡Hola, buenos días! –la voz de un joven rompió el silencio- ¿es usted María Castro?.
María seguía inmersa en su odisea onírica, ajena a cuanto sucedía, y al joven le asustó la quietud de aquella mujer, tocó suavemente su hombro a fin de averiguar si se encontraba bien; pero ella se resistía a abandonar su viaje y pensó que aquella incursión se debía a su persistente hermana.
Abrió los ojos lentamente haciendo un mayúsculo esfuerzo por volver al mundo real y entonces creyó ver la imagen de su hijo. Una expresión mezcla de asombro y de alegría invadió su rostro y su corazón dio un vuelco al tiempo que se aceleraban sus latidos.
-Perdone que la haya asustado, ¿Se encuentra bien?.
María se llevó las manos a la cara, frotó sus ojos y secó sus lágrimas con la intención de salir su azoramiento y confirmar su visión. Aquel no era su hijo –observó- y sintió nuevamente los escalofríos de la angustia.
-Sí, gracias, estoy bien, me había quedado dormida y al despertar te he confundido con otra persona –disimuló.
Aquel muchacho había percibido en los ojos tristes de aquella mujer el desconsuelo y en un intento de ser cordial le contestó con una amplia sonrisa:
-Posiblemente tenga una cara familiar, me confunden con cierta frecuencia –dijo mientras observaba como María sonrería tímidamente, y añadió: -soy Xosé, el nuevo cartero, traigo un telegrama para María Castro, ¿es usted?.
-Sí,soy yo, ¿un telegrama? –se extrañó María-. Se me había olvidado que hoy es mi cumpleaños y como todos los años mi vieja amiga Isabel es fiel a su cita –pensó en voz alta sin darse cuenta de que lo hacía.
-Pues... ¡Felicidades señora!.
-Muchas gracias –contestó complacida María-. Aquel joven le parecía simpático, quizás porque vislumbró en él cierta similitud con su hijo.
-El telegrama viene de Chile –le informó Xose al tiempo que se lo entregaba y con el propósito de seguir charlando un rato con aquella mujer que era el fidedigno retrato de la soledad, añadió -:me gustaría visitar ese país, ¿usted lo conoce?.
-Sí, claro que lo conozco –musitó María en tono triste y haciendo un esfuerzo por recomponerse, le preguntó.
-¿Te gusta viajar, hijo?.
-Sí, por supuesto, he recorrido algunos países y me gustaría no tardar mucho en ir a Sudamérica, es mi asignatura pendiente –le contestó.
Aquellas palabras y la inquietud que demostraba Xose por conocer el mundo, le hizo rememorar lo que ella había sentido en su juventud, cuando creía tener alas en los pies.
-Yo hice ese viaje hace más de cuarenta años y te puedo asegurar que la grandiosidad de su paisaje y la amabilidad de sus gentes, en los diferentes lugares en los que viví, me cautivaron –confesó María.
-¿Y cómo le fue? –se precipitó a preguntar a Xose, que se sentía interesado en el viaje de aquella mujer tan singular.
-No lo hice sola, me acompañó mi inseparable amiga Isabel, la misma que hoy me envía éste telegrama. Teníamos poco dinero y nuestro propósito consistía en trabajar durante un tiempo allá donde encontráramos un empleo para luego con lo ahorrado seguir saltando de un país a otro. Trabajé en la cocina de un hotel en Maracaibo, en Lima como empaquetadora de una fábrica de conservas, en Buenos Aires como dependienta de una tienda de abastos, así hasta que a los dos años de peripecias me instalé en Chile.
-¿Y por qué Chile?.
-Porque no sólo me sedujo el país sino también mi marido –le lanzó una sonrisa de complicidad que devolvió Xose mientras acomodaba su postura con ánimo de seguir escuchando-: Chile me recordaba mucho a España, me sentía como en casa. En España había estudiado para maestra y tenía muchas ganas de ejercer mi profesión, hasta entonces no lo había intentado porque buscaba trabajos que me permitieran ir de acá para allá; pero después de dos años de continuos cambios me apetecía establecerme una larga temporada y Santiago me pareció un buen lugar para encontrar un buen empleo. A los pocos días de llegar conocí a quien después sería mi marido, y por aquellas casualidades de la vida también era español. Gracias a su ayuda me contrataron en el instituto donde él enseñaba Historia y a los dos años me casé.
-¿Hace mucho qué regresaron?.
-Sí –contestó, y después de un silencio añadió-: pero sólo regresé yo –un llanto incontrolado se apoderó de María.
-Perdone señora, perdone que haya incomodado con mis preguntas...
-No te preocupes hijo, no te preocupes –sollozaba María-. Soy yo la que tiene que pedir disculpas por no saber...
-No ¡Por Dios! No diga eso –le interrumpió Xose- usted no tiene porqué explicarme nada y menos si le hace sufrir.
-Tienes razón, por eso nunca lo hago, pero tú me recuerdas a mi hijo y por eso me gustaría contártelo.
-¡No faltaría más! Como usted quiera.
-Viví veintitrés años en Santiago de Chile, los más hermosos de mi vida –hizo una pausa.
A María le resultaba insòlito lo que estaba ocurriendo: Contar su vida a un desconocido. Hacia mucho que no articulaba palabra acerca de su pasado, se negaba rotundamente, creía que era como afirmar los abominables hechos que habían ocurrido y eso no podía admitirlo. Le habían robado brutalmente el curso de su existencia en un momento de su pasado y como consecuencia había renunciado al presente, creando su futuro virtual el en que día a día construía la historia de su familia. Borró de un plumazo lo que nunca tenía que haber sucedido para vivir en una ensoñación constante, donde protegía lo que más amaba. Visualizaba de tal forma la cotidianidad que en nada se distinguía a la de una familia real. Pero misteriosamente aquella mañana podía hablar sin atormentarse, parecía no importarle relatar a quel joven su biografía. ¿Qué le estaba ocurriendo? Quizás veía en Xose a su hijo, ¿qué importaba?.
Lo estaba haciendo y eso parecía aliviarla.
-Al poco tiempo de casarme- continuó María- nació mi hijo y mi vida transcurrió feliz como la de cualquier otra persona, hasta que en la madrugada del 8 de Septiembre de 1973 me llamaron por teléfono con la noticia de que mi madre se estaban muriendo. Ese mismo día, sin tener tiempo de despedirme de mi familia, cogí un avión hacia España. Mi madre murió cuatro días después, el mismo día que en Chile estalló el Golpe de Estado. Hablé por teléfono con mi marido y mi hijo en dos ocasiones, a la tercera nadie contestó. Días más tarde me enteré de los hechos: el 16 de Septiembre los militares entraron a mi casa, destrozaron todo cuanto pudieron y se llevaron en un camión a mi marido y a mi hijo de veinte años. Dos días más tarde los asesinaron en el Estadio Nacional y los enterraron en una fosa común. Nunca supe porqué –dijo con dureza.
Xose se quedó petrificado, estos testimonios sólo se escuchan en los medios de comunicación, nunca piensas que puedas conocer a las personas que lo sufren –pensó- y se acordó del horror de las imágenes de la muerte sangrienta, de niños, mujeres y hombres de todas las partes del mundo, víctimas de la guerra, del terrorismo, de la injusticia, que aparecen en televisión. Pero lo que hoy había presenciado era la otra cara de la moneda, tenía ante sus ojos las incurables secuelas que producen un solo acto: el asesinato y que perduran toda la vida: el dolor y la desesperación de los seres queridos. Pero de esto nadie se acuerda –pensó.
-Lo siento, siento mucho lo que ha sufrido, lo que está sufriendo –intentó decir Xose con voz entrecortada.
-Gracias hijo y ahora será mejor que entre en casa, mi hermana debe estar a punto de llegar con la comida.
-Xose asintió con un gesto y añadió -:¿si no le importa, podré venir a visitarla? –preguntó tímidamente.
-Sí, por favor, cuando tú quieras, y además me gustará que lo que hagas. Te espero entonces –sonrió María.
-Muy bien, de acuerdo, entonces hasta pronto –se despidió el cartero haciendo un gesto con la mano.
-Adiós –repitió María-. Se sentía agradecida por la presencia de aquel joven que le había hecho sonreír.
"Bienvenidos a los informativos. Son la doce del mediodía, la una en Canarias. Hoy 16 de Octubre de 1998 el exdictador chileno Augusto Pinochet ha sido detenido en Londrés bajo la acusación de delito por asesinato de ciudadados españoles en Chile..."
Aquella mañana María se encontraba sentada en el poyo que había junto a la puerta de su casa. Estaba inmóvil como alertargada dejando fluir su pensamiento a favor de...
Se escuchó el ruido de un motor cada vez más próximo, a los pocos segundos cesó y unos pasos se acercaron hacia donde ella estaba sentada. Una vívida conciencia se apoderó de María, arrancándola de su ficción, como un mazazo rompiendo una pecera. Un aire límpido llenó sus pulmones y su sangre volvió a circular con fuerza, se acercó a la radio; ¿detenido? –se preguntó-, y siguió escuchando en un estado de expectación desbordada. Los sentimientos se agolparon en su mente pero con una sensación de realidad largamente postergada. Corrió hacia Xose que la miraba y se abrazaron, él sorprendido, ella resucitada. La radio seguía emitiendo pero ya no importaba, una luz se encendía en el horizonte, la humanidad se reivindicaba ante María y el mundo era un lugar más habitable. Volvía a ser tiempo de viajes: María hacia la esperanza, el tirano hacia la justicia y como en todos los viajes no importa el destino, sino el hecho de emprenderlo y vivirlo.
La mañana transcurría plácidamente, el sol calentaba
luminoso. Era un buen día para hacer un viaje, el viaje, el mejor
viaje...
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