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Relat guanyador 1.999 - categoria Sant Adrià de Besòs

Autora: Sandra González Urbano

EL REMOLINO

Se llamaba Frígida Delgado, aunque no era ni lo uno ni lo otro. Sus padres no pudieron haber escogido un nombre menos apropiado para ella, ni de haberlo hecho intencionadamente. Pero claro, cómo iban a saber ellos, cuando ni siquiera hablaba o hacía otra cosa que comer y dormir, que ya siendo adulta comer y pasar el día en la cama iban a continuar siendo sus pasatiempos favoritos.

Después de acabar la educación primaria en un estricto colegio de monjas, salió al mundo decidida a comerse a quien fuera, y sobre todo a experimentar todas y cada una de las sensaciones que las monjas les habían prohibido tajante y repetidamente entre pías exhortaciones a lo largo de su niñez y adolescencia.

Su carrera con los hombres se inició a una edad muy temprana. Cuando el resto de sus compañeras andaban todavía con la resaca de sus barbies y Nenucos, ella ya le había echado el ojo al hijo de los vecinos de enfrente, que debía tener unos dieciséis o diecisiete años. No tardó en conseguir lo que se había propuesto: una tarde en que sus padres habían salido a dar un paseo, ella se quedó en casa pretextando un dolor de cabeza. Y cuando no hacía ni cinco minutos que acababan de salir por la puerta, su vecinito, con las mismas inquietudes que ella y quien ya estaba al tanto de la situación, llamó casualmente a su puerta. En menos de un cuarto de hora ya se había consumado su entrada al mundo adulto, y aunque no se podría calificar de gloriosa, ni tan siquiera de mínimamente sastifactoria, a Frígida no debió parecerle tan nefasta la experiencia porque fue el inicio de una larga y fructífera carrera por el lado más libidinoso de la vida.

Y si su apetito por los hombres era voraz, no era menor el que sentía por la comida. Le gustaban toda clase de comidas y alimentos: dulce y salado, amargo y picante, no le hacía ascos a nada. Y así estaba. Su cuerpo, bamboleándose con suavidad al caminar, era de textura gelatinosa y los rollos de grasa alrededor de las articulaciones parecían señalar que se había rendido al demonio de la gula. Sin embargo, era gruesa pero no oronda: su sobrepeso no llegaba a la obesidad, más bien se hallaba repartido con armonía a lo largo y ancho de su generoso cuerpo. Y ese cuerpo abundante era atractivo para los hombres. En un mundo y momento dedicados en exclusiva al culto al cuerpo, con muchachas y muchachos esqueléticos, siguiendo el lema del hueso es bello, ella era el estandarte del culto a los placeres de la vida; ellos se sentían seguros ante una mujer que comía tanto o más que ellos en los restaurantes y a la que ningún complejo de ningún tipo le amargaba un dulce. Su cara redonda, de luna espléndida, rebosante de felicidad, tenía un no sé que que atraía a cuanta gente estuviera a su alrededor, imantando las miradas de los que la rodeaban.

Su éxito con los hombres era algo rayando en el escándalo. No se le resistía ninguno aunque, por otra parte, tampoco podía conservarlos. Absorbía demasiada energía, coincidían todos al valorar sus relaciones con ella. No obstante, esto no la afectaba en absoluto. Ella no buscaba, nunca lo había hecho, una relación estable, ni siquiera una relación. Sólo deseaba los encuentros, únicos, irrepetibles, esporádicos tal vez. Carpe diem: aprovecha el momento, el hombre y el plato, era el resumen de su filosofía. Lo único constante en su vida, el único ser vivo capaz de aguantar a su lado sin extenuarse era su perro, el pastor alemán más querido de la tierra, con un ama que hubiese matado por él.

Sus amigas -no tenía amigos pues no concebía a los hombres sino como meros objetivos y objetos sexuales- la adoraban y sobre todo admiraban en ella la simpatía y la alegría de vivir de las que, dicen, hacen gala todos los gordos y que, en todo caso, ella poseía a raudales. La tristeza no se adecuaba a una filosofía tan vital como la suya.

Al mismo tiempo, era por todos conocida y temida su afilada lengua, incapaz de pronunciar una mentira, ni tan siquiera una falsa verdad ( una reminiscencia, tal vez la única de sus tiempos de estudiantes con los Diez Mandamientos por lema). No hablaba de más, nunca pronunciaba una palabra innecesaria y, las que decía, se ajustaban con total integridad a su pensamiento, que era todo menos diplomático. Esperar de ella un falso halago era esperar en vano.

Quizás se hubiese agradecido más esta característica franqueza suya de haber sido más intermitente; de este modo, lo único que provocaba era inseguridad. Nunca estaban completamente seguras de lo que diría a continuación, sólo de que seguramente no sería lo que deseaban oír sino lo que tendrían que oír, aún a su pesar.

Parecía increíble que alguien pudiese concentrar en su persona todas estas características y al mismo tiempo ser tan querida como ella lo era, pero Frígida era capaz de eso y de mucho más.

Siempre tenía algo que hacer, cada día del año. Cuando no era ir a ver a su madre, viuda desde hacía ya una década, era ir al cine con alguna amiga, o tomar algo, o al teatro. El caso era no parar quieta ni un instante.

Aquella noche no era una excepción. Había quedado con dos amigas para cenar mientras estas le contaban los problemas que tenían con sus novios en busca de algún consejo. Era el restaurante habitual, donde se reunían cada viernes antes de ir a alguno de los numerosos pubs y discotecas que frecuentaban. Frígida estaba especialmente contenta, si es que alguna vez no estaba especialmente contenta. El jefe, después de hacerla trabajar cada día en aquella frenética oficina como una esclava durante dos años, había insinuado que tal vez la ascendería pronto y tenía ganas de celebrarlo.

Habían acabado ya de cenar y estaban tomándose una copa y fumando un cigarrillo, relajadas. Una de sus amigas explicándoles lo que le había pasado aquella mañana con una clienta en la tienda de ropa de donde era la encargada. En aquel momento un hombre entró en el restaurante. Iba vestido con un traje, camisa y corbata, como si acabase de salir del trabajo. La corbata llamaba poderosamente la atención por sus colores chillones: amarillo, azul y verde. Pero no había sido eso lo que había echo a Frígida volver a sus ojos en dirección a la puerta por la que el desconocido acababa de hacer su aparición. Era una especie de sexto sentido, algo que le hacía detectar cualquier hombre mínimamente atractivo a varios metros de distancia. Lo miró, con su traje, su cara cansada después de una agotadora jornada laboral más larga de lo esperado, tal vez con más trabajo todavía esperando en la maleta, con su pelo corto, pero no tanto como para no haber acabado despeinado por el viento que soplaba con fuerza en el exterior. Recorrió con descaro todo el contorno de su cuerpo, deteniéndose en cada rincón, mirando con aprobación las anchas espaldas que delataban horas y horas de gimnasio y también las manos, libres de anillos, aunque de haber encontrado alguno o una tira más pálida de lo habitual en su mano izquierda no se hubiese detenido. Hacía ya un rato que había dejado de escuchar lo que sus amigas estaban diciendo. Había encontrado un nuevo objetivo y el resto del mundo había pasado a un plano secundario. El hombre debió notar sus grandes ojos verdes clavados en la espalda, porque se giró y miró en su dirección. La cara de agobio se transformó y sus ojos, sonriendo ya con indisimulada, incontenible lujuria, se abrieron un poco, las cejas se levantaron como saludo. Frígida sabía que no tardaría en levantarse y en invitarla a tomar algo, nunca fallaba.

Cuando lo hizo ella ya lo estaba esperando. Las amigas no hicieron ningún comentario, ni tan sólo una mirada. Estaban bastante acostumbradas a esas deserciones repentinas de Frígida, quien luego se disculpaba siempre con alguna invitación al cine, o al teatro, no por remordimientos – no había hecho nada indebido. Sino como una especie de compensación.

El hombre, David le dijo que se llamaba, empezó a hacerle las preguntas de rigor: ¿Cómo te llamas? ¿En qué trabajas? Nada que otros no le hubiesen preguntado antes. Frígida odiaba esos preludios que tan necesarios parecían a la casi totalidad de los hombres pero, al mismo tiempo sabía que sin ellos la seguridad de la mayoría de sus conquistas hubiese desaparecido, asustados ante su ímpetu, así que tuvo que contenerse. Quería decirle a ese David, no le importaba el nombre, que no le interesaban los detalles de su insulsa biografía, que no hacía faltar continuar con aquella comedia introductoria. No lo hizo, consciente de lo contraproducente que hubiera resultado.

Estuvo aguantando el aluvión de preguntas y respuestas de su nuevo interlocutor durante una media hora. En el transcurso de cada uno de esos interminables treinta minutos no pudo dejar de lamentarse por la taza de café que había dejado a medias y que tan apetecible le hubiese resultado ahora. No quería pedir otra, sólo hubiese hecho que posponer su marcha, lo último que deseaba en aquellos momentos.

Al final, viendo que el otro no se decidía, tuvo que ser ella la que sugiriese ir a tomar algo a otra parte. Los ojos de sorpresa del tal David la hicieron titubear durante unos minutos, tal vez, por primera vez hubiese malinterpretado la mirada de un hombre. Pero no. David se repuso al instante de la sorpresa que Frígida, y eran una tras otra, le había causado.

Al salir por la puerta del restaurante Frígida lanzó una mirada de triunfo hacía la mesa que sus amigas aún ocupaban, reacias a abandonar sus asientos sin saber – aunque ya se lo imaginaban – el desenlace de la noche.

Y ¡qué noche! Al día siguiente, cuando ya hacía horas que David había abandonado su apartamento y la noche no era más que un recuerdo, desaparecidos todo signo bajo la acción limpiadora de la enérgica Frígida – siempre con ánimos por más cansada que estuviese – mientras se preparaba una suculenta comida para recuperarse, Frígida no pudo más que confesarse, por más que le disgustase hacerlo, que aquel hombre tenía alguna cosa especial, algo en la manera de tratarla, de mirarla, que la había hecho estremecerse más allá de lo habitual. Incluso, se dijo, podría llegar a repetir la experiencia con él, algo inaudito hasta la fecha. Le había dado su teléfono, además él sabía donde vivía. Sólo quedaba esperar esa llamada, esa visita por sorpresa. Pero Frígida sabía, cómo no saberlo si ella misma era así, que él no la llamaría, porque él tampoco repetía nunca, temeroso también de llegar a depender de alguien, de entregar sus emociones a otra persona y arriesgarse a sufrir por ello. Por primera vez le tocaba a ella probar a su amarga medicina, por primera vez era ella la que no sastifacía sus deseos totalmente.

No le gustó el sabor de la derrota, así que decidió que el postre ese día iba a ser especialmente consistente. Globo, su perro, la miró enternecido. Sabía que él también iba a recibir su ración de dulce. Al menos él no la iba a abandonar nunca. Y eso, aunque sólo fuese por un día, merecía una recompensa.

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