TERCER CONCURS DE RELATS BREUS DE DONES
"Paraules d’Adriana"
ACCÉSIT SANT ADRIÀ DE BESÒS 2.002
AUTORA: Mª DOLORES COLOMA TORRENTS
ELENA DESCUBRE EL SECRETO
Frente al espejo, Marcela estaba recogiendo su larga melena en dos trenzas, que luego enrollaría en ambos lados de su rostro: Detrás de ella, sin ser observada, la pequeña Elena absorbía con los ojos, aquella imagen. Se sentía orgullosa de su progenitora, que a criterio de su tierna edad, era la mujer más bella del mundo. Sin embargo, Marcela ya no se sentía ni bella, ni amada. Había caído en la red de la todopoderosa Julia, matriarca por derecho propio, ambiciosa madre de dos cachorros varones, a los cuales dirigía por las sendas de la ambición, y protegía de peligros ciertos e imaginados, sin tener en cuenta a aquel al que había unido su vida, quien en aras de la paz, optaba por no pronunciarse en contra de la que, que tácitamente se proclamaba infalible en el desempeño de sus funciones, y que estaba al frente de su hogar, pagando por esta decisión un elevado precio psicológico; acabó por encerrarse en sí mismo, y quizás en su interior decidió abandonar la lucha y dejarse morir, cosa que no tardaría mucho tiempo en suceder; una grave enfermedad, se lo llevó del mundo de los vivos.
Tanta pasión ponía Julia en el mimo y cuidado de aquellos dos retoños, que no se daba cuenta de que el tiempo había pasado, y se habían hecho hombres; no toleró muy bien que sus vástagos eligieran compañera, aunque delante de todo el mundo, fingió mantener un tolerante acuerdo con la inevitable naturaleza y la ley de la existencia, que determinan la necesidad de perpetuar la especie, aunque hubiera preferido ser la única protagonista femenina del linaje creado por ella. En su ímpetu por organizar existencias ajenas, y presa por el arrebato de quien se sabe poderosa, había tomado ahora las riendas del nuevo hogar, como una prolongación del que ella había fundado, pues le sobraban energía y poder para extender sus dominios. Mientras, Marcela languidecía, esperando en cada momento ser aprobada por esta imponente mujer, pero la aprobación no llegaba nunca, y en su lugar, una sutil rivalidad, había nacido ya, entre las dos mujeres. Ella esperaba que los acontecimientos no afectaran el amor que sentía por su esposo, pero éste, absorbido por el poder de su madre, no era capaz de proclamarse abiertamente a favor de su compañera, si la ocasión lo requería.
Marcela había tenido una niñez dura, en unos tiempos difíciles. Muy pronto quedó huérfana de padre, el pobre no logró superar los internos conflictos de la existencia, y voluntariamente puso fin a sus días. Este acto paterno, marcó como si de un hierro candente se tratara, los confines de su inconsciente, y habría de dar a su vida, un tinte lúgubre, un profundo pesimismo existencial. Tampoco su madre superó aquel acontecimiento trágico, aunque en un despliegue de valor, sacó adelante a sus tres hijos y a sus tierras, en las que sus mayores, se habían dejado la vida, y haciendo un pacto con ella misma y su dolor, jamás habló a nadie de lo sucedido, en un desesperado intento de olvidar la tragedia.
En aquella época ya hacía mucho que no se transmitía de padres a hijos la eterna sabiduría del secreto de la existencia, y las gentes, vivían como en un sueño, vapuleadas por cualquier acontecimiento, y víctima de sus propias emociones. La mayoría pensaba que la vida consistía en acumular posesiones y poder, pero por un destino trágico, les tocaba vivir en la escasez.
Los sacerdotes de aquel momento, al igual que sus antecesores, seguían predicando una religión que recompensaba la pobreza con la promesa de heredar un reino, después de la muerte.
A los sacerdotes se les unían los políticos, que estaban en la misma línea de pensamiento, y se ocupaban de conseguir efectivamente que la gente pudiera ser bendecida por Dios por el único mérito de su pobreza.
Entre cosechas perdidas, plagas y persecuciones políticas, vivían las gentes de este lugar como si un juez implacable, les hubiera condenado a la tristeza, al silencio y a la miseria. Hasta los acontecimientos de gran dicha, que habían sido antiguamente motivo de celebración por todo el pueblo, eran en aquellos momentos, suprimidos por decreto de las autoridades: estaba mal visto ser feliz; estaba prohibido disfrutar de los sentidos, y se consideraba vergonzoso cualquier mínimo atisbo de espontaneidad; ridícula prohibición, por otro lado, que ponía en evidencia la ignorancia de aquella civilización de humanos, que pretendía someter a las generaciones venideras a la crueldad de sus mentiras, con el propósito de hacer de ellos seres débiles y vulnearables criaturas, dispuestas a dejarse someter, pues no era fácil que aquellos desheredados, accedieran a tener criterio propio, trabajando de sol a sol en duras ocupaciones para sobrevivir. Mantenidos así, bajo el yugo de la pobreza, prometían ser asiduos feligreses y dóciles ciudadanos.
Hacía ya tiempo que se habían suprimido las fiestas que el pueblo celebraba por cualquier motivo, pues la seriedad se imponía, y ya no se escuchaba por las calles del pueblo, las risas de las jóvenes que esperaban con ilusión las fiestas del pueblo, en las que intentarían llamar la atención del mozo que les gustaba. En lugar de ello, la rigidez de corazón y la estrechez de mente, se habían apoderado de toda la región, y la natural vitalidad, languidecía en los corazones, esperando el momento de expresarse; pero éste no llegaba. Fueron muchos los que acabaron aceptando esta nueva vida, sin risas, ni cantos como un incuestionable modo de vivir. Y así fue como la gente de aquella generación, empezó a creer que la vida era para sufrir toda clase de privaciones. La miseria y la rigidez penetró en sus mentes y pasó a formar parte inseparable de sus vidas.
En estas circunstancias, creció la pequeña Elena. Nadie de su familia materna ni paterna, pudo transmitirle el secreto de sus orígenes, ya que ellos mismos lo habían olvidado, ni siquiera tenían ninguna certeza de que tuvieran algún origen, muy pocos se planteaban esta pregunta, secretamente en su intimidad, pero Elena, todavía no estaba contaminada por el miedo, ni por ambición alguna y no creía en la fealdad, ni comprendía lo que intentaban imponerle. En su imaginación, su madre era una reina, su padre un rey y ella y su hermana menor, eran princesas. Su juego favorito de aquella época, consistía en vivir fantásticos cuentos de hadas en los que las dos hermanas eran las princesas de un reino encantado, viviendo emocionantes aventuras; al anochecer, cuando Marcela las acostaban ellas atravesaban, cabalgando a lomos del colchón, bosques de fantasía, huyendo de alguna malvada bruja, o de un ogro terrible; cabelleras sueltas al viento imaginario, hasta que la intensidad del juego llegaba a un punto en que olvidaban donde estaban, alzando voces y risas infantiles, alertando a los mayores, que debían inexorablemente imponer orden y buenas costumbres a sus hijas, acabando el viaje-juego con una buena reprimenda.
Elena tuvo la suerte de que aquella imponente matriarca, que fue su abuela, no se resignó a que sus hijos pasaran las mismas penurias en la vida, y gracias a su inagotable energía, trabajó sin permitirse el más insignificante lujo, y obligó a su consorte a la misma vida austera, de esta manera, había reunido la cantidad de dinero que le costaba la honorable misión de pagar unos estudios a sus hijos, y ahora éstos eran hombres que ocupaban lugares de cierto nivel dentro de su comunidad, siendo el fruto de su trabajo, bastante más abundante que el de sus padres. Por ese motivo, Elena pudo acceder, a su vez, a una educación esmerada, según el criterio de la época; pero en realidad, la educación recibida, era la forma que, por aquel entonces, se utilizaba para transformar las infantiles y espontáneas mentes, en neuróticas criaturas. Destilaban en los pequeños que eran confiados por sus progenitores, a su instrucción, un repugnante veneno ideológico que iba haciendo de ellos, seres mediocres, ocupados en fingir lo que sentían, y en interpretar lo que no eran. Conseguían que los pequeños se sintieran dependientes de aquel sistema, y desprotegidos fuera de él. Confundieron a los niños para que no supieran lo que era el amor, como en su momento les había confundido a ellos y así, la rueda de la mentira giraba y giraba, convirtiendo a las víctimas, unos años más tarde, en verdugos de otras víctimas, que a su vez harían lo mismo.
Elena sufrió las iras de la férrea normativa, los ejemplares castigos para imponer orden, le parecían una declaración pública de rechazo hacia ella. En aquella tierna edad en que el mundo giraba a su alrededor, aquellas crueles reprimendas, que a veces se debían a las ropas con que su madre la vestía, pues Marcela era una excelente costurera, y gustaba de seguir modas que permitían que sus hijas enseñaran las piernas un poco más de lo que las reglas marcaban como decente, le hacían creer que era indigna de que se la aceptara, y en su interior empezaban a crecer las mismas mentiras de las que eran víctimas sus mayores. Pasaron los años, y Elena iba cayendo en todos los males de su época, se encontró en su juventud con los primeros resultados de aquellas ideas que durante su infancia hicieron mella en su interior y ahora le saboteaban la confianza en si misma, debatiéndose en duro conflicto con su forma espontánea de ser. Quiso ganarse la vida con el fruto de su trabajo y de su inteligencia, cosa que no se permitía a las mujeres, al menos, no se aceptaba de buen grado, si bien se toleraba que ganaran algún dinero, trabajando duramente, pero siempre una pequeña cantidad, comparada con la que eran retribuidos los hombres.
Decidió que quería prepararse en la Universidad para dedicarse a una profesión en la que pudiera ayudar a los más desfavorecidos, y escogió estudiar leyes para defender, con afán quijotesco, a los desafortunados víctimas de las injusticias de los poderosos; y hacia allí se dirigió, no sin antes haber superado la oposición paterna, digna representante de la opinión del inconsciente colectivo.
En cuanto a sus amistades masculinas, consiguió desanimar a cualquier muchacho que se le acercara, siempre que éste tuviera aspecto de persona sensible y amable; en cambio se sentía atraída por aquellos, que tácitamente, prometían una vida agitada y sin ternura, como premio por haberles escogido para compartir la vida. Uno de estos personajes fue el que Elena eligió por compañero y padre de sus hijos. Amargas lágrimas no tardaron en surcar sus mejillas, tal era la indiferencia y el desamor con los que su compañero le recompensó haberle amado, dedicarle su vida y darle hijos. Educó a éstos en el mismo sistema en que fue educada ella, ya que en el conflicto que mantenía en su interior entre su convencional manera de expresarse y sus deseos de ser sincera, había olvidado, o mejor dicho, no reconocía que estaba casi alienada.
Las fustrantes experiencias que tuvo que vivir como madre y esposa, le pusieron al borde de la desesperación. No entendía su vida, creyó que había fracasado, que había fallado en algo crucial; no se perdonaba por su fracaso y se declaró culpable así misma,. La vida se le hizo insoportable, no se veía capaz de vivir ni un solo momento más; La desesperación se hizo intensa, penetrante, y Elena pasó dos días enteros llorando sin consuelo, despertando por las mañanas con la amarga pregunta del porqué de su existencia. Hasta que la intensidad de este llanto, se diluyó y dio paso a un estado de paz en su interior.
Despertó al tercer día, y su primera sensación, fue que de alguna manera transformaría su infelicidad, todavía no sabía como, pero su veredicto estaba dictado: ¡merecía ser feliz, merecía ser respetada porque ella era un ser humano, que quería comprender qué era la vida!.
A partir de aquel momento, una nueva fuerza recorrió todo su organismo, y le pareció que algún milagro, había sucedido, y le había renovado su deseo de vivir.
La primera idea clara que tuvo, fue reconocer que su matrimonio no tenía ningún sentido, pues hacía largos años que se había acabado el amor, si es que alguna vez había existido, por lo tanto, empezaría su nueva vida sola.
El deseo de morir que había sentido en los últimos días, de algún modo había hecho que muriera a todo su pasado de infelicidad y limitación. A partir de ahora, no sabía lo que el futuro le deparaba, pero decidió aceptar la aventura de la vida con valentía y atención; y la vida empezó a recompensarla mostrándole sus secretos, poco a poco.
Nada era fácil, su compañero se negaba a abandonar sus derechos adquiridos durante años de abusos y vejaciones, y en su neurosis, pretendía obtener prebendas. En realidad, la razón de esta negativa, no era otra cosa, que un intento para no tener que cambiar de costumbres, y Elena tuvo que acudir a la justicia, que obligó al caballero a dejarla en paz. Una vez libre de lo que más le pesaba, Elena afrontó otro gigantesco reto, que era su propia subsistencia; sus hijos ya se habían independizado, así que ella tenía libertad total para dedicar su tiempo a conseguir un espacio en el mundo laboral.
Y fue en ese terreno, donde la vida, como la gran maestra que es, fue mostrándole su sabiduría. Mientras sus hijos fueron pequeños, no tuvo Elena la oportunidad de ejercer aquella ocupación para la que se había preparado en su juventud, y ahora no era fácil irrumpir en aquel mundo; sin embargo otras puertas se le abrieron, impensables para ella hasta aquel momento, pero una fuerza interior y la determinación a seguir adelante, le ayudaron por caminos escarpados e inhóspitos.
Venció la tentación fácil, de culpar a otros de sus dificultades, y aceptó la responsabilidad de su propia vida. Miró de frente sus limitaciones: vio las reales y las imaginadas, y no pudo hacer otra cosa, que sumergirse hasta el interior de su propio corazón, y pedir ayuda a lo más sagrado que conocía.
Durante los primeros años, parecía que la miseria, como si de una lúgubre dama de afiladas garras se tratara, la tenía sujeta, prisionera. Hasta que empezó a ser consciente, de que realmente, esta dama patética, existía y estaba alimentada por las costumbres y pensamientos de la gente.
Poco a poco descubrió qué pensamientos propios, heredados de sus antepasados desde su más tierna infancia, la llevaban a expresiones de contenido autodestructivo, asi como a conductas de idéntico barniz. Se sorprendía cuando se escuchaba así misma, pronunciar sentencias de esta clase, y dedujo que el inconsciente colectivo, estaba lleno de estos pensamientos destructivos; comprendió con qué urgencia era necesario que los seres humanos, individualmente, fueran revisando sus conceptos, pues los pensamientos colectivos, antiguos y obsoletos, que en aquellos días ya no tenían sentido, por haber sido superada la circunstancia que los había producido, todavía estaban en la atmósfera, contaminando el aire de todos, también de los que todavía eran inocentes, como si de un veneno lento se tratara.
Consiguió salir de situaciones difíciles, comprendiendo sus causas, viviendo con intensidad las sensaciones que le ocasionaban, tanto si eran dolorosas, como si no lo eran. Llegó un momento en que Elena sintió en su corazón cuál había sido el sentido de su vida. Si bien en un principio pretendía realizar elevadas metas, tarea que se convirtió en inalcanzable y a punto estuvo de malograr toda su vida, al levantarse el telón de la comprensión, vio que lo que había estado haciendo, durante muchos años, no era otra cosa que haberse recuperado a si misma. Descubrir la nobleza de sus orígenes, que es la nobleza del ser humano puro, sin contaminar. Haberse perdonado de sus propios veredictos de culpabilidad. En definitiva, haber recuperado la dignidad de ser mujer. Gracias a sentirse ella misma digna y liberada, iba descubriendo las mismas cualidades en el hombre y su vida alcanzó un equilibrio que le proporcionó el respeto de aquellos con los que se relacionaba.
En todos sus actos, expresaba aquella verdad oculta que había recuperado, y a veces tenía la satisfacción de ser comprendida, y observar que eran muchas las personas que como ella, se habían lanzado a la aventura del autoconocimiento. Habló a sus hijos y a sus nietos de lo que había descubierto, y éstos la escucharon, pues de alguna manera intuían que las palabras de Elena eran autenticas.
Estaba amaneciendo una nueva era para la humanidad, que venía a
poner
orden y a desenmascarar los errores ancestrales, y las personas como
Elena
iban colocando los cimientos. Una nueva humanidad pondría fin a los
viejos
conflictos. Elena no sabía cuánto tiempo costaría recuperar para todos,
esta
nueva forma de vida. Sabía que necesitaba mucho valor, ya que los
defensores
del viejo mundo, todavía eran fuertes, pero había aprendido que la
verdad es
más fuerte que la mentira. La transformación estaba garantizada.
![]() |
Menu anterior | ![]() |