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Relat guanyador 2003 - accèssit
a Sant Adrià
Autora: Rebeca Jiménez Ros
Gota a gota
"Algún día
me abandonarás". Julia oyó esas
palabras muy cerca de su oído, a su espalda.
Las oyó perfectamente, nítidas, a pesar del sonido del agua de la ducha
que caía sobre su cabeza y la de Mario. No dijo nada. Sólo quería
que el agua corriera su cuerpo y que Mario siguiera acariciándola.
"Me abandonarás. Antes de contar hasta tres me
abandonarás". Julia se secaba lentamente mientras en el suelo crecía un
charquito a su alrededor y en la bañera Mario, le miraba. Casi seca,
pasó la mano por el espejo empañado y se miró. Luego miró a Mario, le
acercó la toalla y le besó. " Entonces no cuentes".
Ahora Julia volvía a estar casi seca. Sus ojos
destilaban un hilo de lágrimas que dibujaban la forma de sus pómulos y
sus manos estaban húmedas. Cabizbaja, dejaba a su espalda el sonido
uniforme de las dos fuentes que flanqueaban la
entrada del hospital. No caminaba como siempre, jovial; esta vez lo
hacía indecisa, sin decisión, sin rumbo. Sólo el sonido de campanas de
una iglesia cercana consiguió que levantara su mirada. Esperó a que
dejaran de sonar, se dirigió hacia la puerta y entró.
.
Mario dejó
caer su bolsa de viaje nada más
entrar en su casa. Luego se dejó caer pesadamente sobre el sofá. Pronto
se reincorporó. El piso llevaba veinte días cerrado, todo estaba a
oscuras y el calor era insoportable. Una vez abiertas todas las
ventanas y el aire se hubo renovado mínimamente, Mario se agachó frente
a su bolsa de viaje. De uno de los bolsillos extrajo un paquete
de cigarrillos. Luego si mano hurgó entre la ropa y sacó unos
pantalones tejanos tres tallas menores de los que él vestía. Se dirigió
a la cocina y volvió con un cigarrillo encendido y con unas grandes
tijeras. Volvió a agacharse y mirar los pantalones. Ausente, comenzó a
cortarlos en un montón de pedazos. Cuando lo hubo destrozado por
completo dejó las tijeras y mordió uno de los trocitos que casi le
rodeaban. Todavía ausente quiso fumar del cigarro, ya consumido.
Encendió otro, se tumbó en el suelo y centró su vista en el techo,
agotado.
.
Julia no se
persignó al entrar a la iglesia.
Sólo ordenó un poco de su cabello y luego permaneció inmóvil,
observando, al fondo, el altar. Se sentía especialmente relajada, casi
sedada. Sólo el olor a la cera quemada y el temblor de las velas
consiguieron que empezara a andar. Caminaba por los laterales de los
bancos observando las imágenes con el paso contenido para no hacer
ruido. Miraba las expresiones de dolor de unas y el hieratismo de otras
arrugando levemente los ojos como queriendo acercarse el máximo posible
a su pena. Cuando hubo recorrido todo el templo se dirigió hacia la
puerta y centró su atención en una figura apenas visible que creyó
reconocer. La miró fijamente y luego bajó la vista hacia las velas que
ardían a sus pies. Por un momento hubo una sensación muy parecida al
miedo. Quiso encender una de las velas pero volvió a sentir ese temor y
retiró la mano. Caminó de espaldas hacia la puerta sin dejar de mirar
aquella imagen. Finalmente dio media vuelta y se marchó.
.
Habían
decidido no salir de la cama aquella
tarde. Habían estado hablando y haciendo el amor sin ningún tipo de
prisas, prescindiendo de todo lo demás. El cuerpo de Julia descansaba
sobre el de Mario y ascendía y descendía uniformemente siguiendo la
respiración de este. Recorría con sus dedos la angulosa cara de Mario,
por entero relajado e inconsciente del embeleso que provocaba en Julia.
Al cabo de un rato el cuerpo de Julia se separó sigilosamente del
cuerpo de Mario para volver instantes después a ocupar la misma
posición. Mario la miró a los ojos y sonrió. Julia le devolvió una
tímida sonrisa y destapó el rotulador que acababa de ir a buscar. Mario
fue a decir algo pero ella le selló los labios con sus dedos con sus
dedos mientras los suyos se redondeaban en un ligero siseo. Entonces le
pidió que volviera a sonreír. Mario obedeció y sus ojos desaparecieron
en un nutrido grupo de surcos que Julia fue pintando con el rotulador.
Cuando acabó dejó que Mario relajara su cara y al ver el resultado
emitió un ligero gemido y le besó apasionadamente. Segundos después
Mario veía como el rostro de Julia se encendía mientras éste se dejaba
hacer el amor.
Ahora era la propia respiración de Julia la
que hacía ascender y descender sobre el cuerpo de Mario. Cuando recobró
un mínimo de aliento lo miró y susurró: "Serás un viejo encantador".
Mario la interrogó con la mirada y Julia le confesó, tímida, que a
veces fantaseaba con acostarse con alguien bastante mayor que ella,
alguien maduro que le diera seguridad y que a la vez, de alguna forma,
la dominara. Mario bajó la mirada y lentamente salió del cuerpo de
Julia. Sentado en el borde de la cama alcanzó un paquete de cigarrillos
y encendió uno. Julia pidió que le encendiera una a ella también.
Desoyéndola, se levantó, se acercó a la ventana y sopló el humo hacia
fuera. "¿No quedan más?". "Uno", oyó y vio como Mario salía luego de la
habitación, en silencio. Cogió el paquete de cigarrillos y lo abrió.
Estaba lleno.
.
Había salido
de la iglesia con la sensación de
escapar de algo. Era algo que a menudo le perseguía y de lo que,
precisamente, escapaba. En ocasiones, cuando se sentía atormentada,
sacudía la cabeza, incluso hablaba en voz alta, maldiciendo, quejándose
o implorando un poco de paz. Ahora intentaba escapar de la presencia de
Mario en su cabeza. No podía.
Siguió caminando desorientada, algo más
rápido, quizás. El ruido obsesivo de unos columpios le hizo saber que
había llegado a un parque. Entonces empezó a percibir las voces de
niños jugando y a respirar el olor a patio de colegio. Volvió a
quedarse inmóvil, volvió a ver la imagen de Mario en su mente y volvió
a sentirse sedada. Se sentó en un banco y a seguir con la mirada las
idas y venidas de los niños. Al poco, se concentró en un grupo de niñas
que jugaban a las gomas en una esquina del parque pese al acoso
implacable de un grupo de chicos. Julia se fijó en la niña que saltaba
en aquel momento. Era una niña morena, de pelo corto, a la que se le
adivinaban unas bonitas piernas en dos o tres años y a la que sus
amigas miraban con cierto aburrimiento sin dejar de masticar chicle.
Todo lo contrario le pasaba a Julia que disfrutaba como una criatura
observando la soberbia con la que aquella otra criatura saltaba. Lo que
más gracia le hacía era verla exagerar sus pasos y sus saltos para que
los zuecos que calzaba hicieran más ruido del normal. Por primera vez
ese día a Julia se le dibujó una sonrisa que no tardó en desaparecer.
.
Había días
en los que Mario se levantaba
especialmente nervioso y aquél era uno de ellos. La timidez y la
inseguridad eran cosas con las que, pensaba, tenía que convivir y, de
hecho, lo hacía diariamente y hasta con elegancia. Sin embargo esa
tarde Mario estaba nervioso. Le acompañaba esa pequeña dosis de
desesperación que hace tambalear lo previamente calculado y convierte
la mínima posibilidad en presagio. No dejaba de tocarse el pelo, no
tenía sed pero tenía su boca seca, quería fumar pero abandonó la idea
cuando se percató de la pesadez de su respiración. Por fin vio llegar a
Julia, con su andar decidido y notó como la sangre le bajaba del
cerebro y una nube de calor abandonaba su cuerpo. La voz de Julia le
pareció desconocida y el tacto de sus labios le produjo un escalofrío.
Sonrió sin decir nada, respiró hondo y echaron a andar.
Mario había insistido en dar un paseo por el
centro de la ciudad esa tarde. Normalmente era Julia quien de alguna
manera, planificaba qué hacer y qué no y era ella quien ahora
preguntaba, como una niña, dónde la llevaban. Él no respondía aunque
sonreía intentando olvidar su angustia y entender la energía que
emanaba de Julia. Al poco rato se detuvo frente a una iglesia e invitó
a Julia a entrar. Ésta, divertida, le preguntó si se trataba de una
promesa o "algo así"; él bajó tímidamente la vista y, sin esperarla,
entró. Dentro, Mario empezó a dejarse invadir por el silencio y la luz
mortecina del templo. Su tensión se fue disipando poco a poco hasta
llegar a disfrutar del anonimato que le producía estar en aquel
lugar. Fue entonces cuando divisó la imagen que esperaba encontrar. Se
acercó con sigilo y notó el leve calor de las velas sobre las que
descansaba. Los vidriosos ojos del santo se cruzaron con los vidriosos
ojos de Mario que suplicó un "no me la quites" inaudible. Alcanzó una
vela y, a su espalda, notó la presencia de Julia. Ella le miró
extrañada y Mario le sonrió abiertamente. Luego la rodeó por la cintura
y cogió su mano. Los dos acercaban la vela hacia las otras encendidas
cuando una de éstas se movió lo suficiente para destilar su cera sobre
la mano de Mario. Una maldición rompió el silencio de al estancia y
algo se rompió también dentro de Mario. Julia no pudo ver la mano que
él escondía sin dejar de mirar la imagen. Sorprendida, prefirió salir
de la iglesia. Cuando lo hizo Mario, le preguntó: "¿Has encendido
alguna?". Éste, derrotado, contestó: "Dos" .
.
Ya no se
encontraba sedada. Es más, empezaba a
invadirle una sensación de ansia que algunas, pocas veces, había
notado. De repente se encontró sola. Como aquella vez en la playa
cuando tumbada al sol buscó la presencia de Mario y sólo encontró su
toalla vacía. Recordó cómo entonces se incorporó entre asustada y
frustrada hasta ver su figura en la orilla, solo. Mario, otra vez
Mario. Entonces, como ahora, encendió un cigarrillo y ahora, como
entonces, sintió más asfixia que paz. Sin embargo, siguió sentada en
aquel parque donde la llegada de grupos de viejos era cada vez
mayor y eclipsaba por momentos la presencia de los niños.
A Julia le gustaba observar a la gente mayor.
Tenía amigas que odiaban abiertamente no sólo ya el paso de los años,
sino la sola presencia de gente mayor, sus voces, su olor. A ella, en
cambio, le hacia adivinar el paso del tiempo en la cara de la gente.
Muchas veces tenía incluso que contenerse a la hora de hacerlo. Como
cuando viajaba en metro y tenia que retirar la vista de las personas
que tenía enfrente porque se quedaba embobada, mirándolas. Sobre todo
en aquellas en que era evidente que eran una familia; padre e hijo,
madre e hija, hermanos. Entonces estudiaba su evolución y le entraban
unas ganas enormes de reír. En alguna ocasión había tenido, incluso,
que bajarse del vagón.
Ahora no contrastaba los rostros que veía.
Sólo fumaba y mantenía la mirada sobre algunas de las personas que
ocupaban los bancos. Al poco, se percató que una de ellas la miraba
desde hacía un rato. Era un hombre de unos cincuenta años que
sostenía elegantemente un periódico abierto entre sus huesudas manos y
la observaba con cierto aire de suficiencia. Julia vio como entornaba
sus ojos que pronto se rodearon de una infinidad de arrugas en lo que
adivinó un gesto de invitación. Bajó la vista con brusquedad y ni
siquiera siguió fumando. Abrió sus dedos y el cigarro cayó al suelo. Se
levantó del banco y abandonó el parque con un paso casi marcial.
.
La primera
vez que Mario y Julia se
emborracharon juntos fue a los pocos días de conocerse. Empezaron a
beber al mediodía y lo que iba a ser un aperitivo se alargó durante
horas. Mario observaba la compulsiva forma de beber de Julia, su risa
fácil y sus constantes idas y venidas al lavabo. Feliz, escuchaba con
atención las anécdotas de su infancia que ella explicaba de una forma
cada vez más histriónica. Por un momento la vio en su niñez y se sintió
frustrado por no haberla conocida entonces. Por fin pudo convencerla de
dejar de beber durante un rato con la promesa de invitarla a probar una
cerveza cuyo nombre se inventó. De camino hacia el inexistente bar
Julia no dejaba de especular sobre la infancia de Mario. En cuestión de
minutos le hizo un retrato inventando de sus primeros años de vida
completamente convencida de lo que afirmaba. Mario negaba con la cabeza
sonriente y en silencio y, por un momento, le vinieron imágenes de su
niñez que pronto se disiparon. Ninguno de los dos se percató de que
estaban en medio de un parque hasta que un balón llegó a los pies de
Mario que devolvió a sus dueños con un preciso chute. Cuando se giró,
Julia ya se columpiaba al lado de una niña con la que parecía competir.
Al cabo de un rato Julia se dio por vencida y fue dejándose parar. La
otra niña, queriendo bordar su victoria, intentó saltar del columpio
antes de detenerse por completo y sólo consiguió caer al suelo de forma
aparatosa. Julia fue a levantarla de inmediato pero no tuvo más tiempo
que el de detener el columpio con su frente y caer de espaldas junto a
la niña. Mario corrió hacia ella e intentó levantarla. Vio a la
supuesta madre de la niña azotándola en el trasero , la cara de
desconcierto de Julia y un hilito de sangre que empezaba a bajar por su
frente. Luego. Luego en casa, curó su herida.
Esa noche Julia durmió con un esparadrapo en
la frente y el pelo recogido en dos coletas. Mario tardó en dormirse,
mirándola.
.
Ahora era
perfectamente consciente de que
estaba escapando. Su respiración era más rápida, sus manos estaban
húmedas otra vez y tenía ganas de correr. Ver acercarse a la gente
caminar en dirección contraria a la suya le mareaba. Procuraba andar lo
más cerca posible de las paredes y aún así chocó con una pareja de
ancianos. Su cabeza le enviaba imágenes sin descanso y el ruido de la
ciudad le empezaba a resultar ensordecedor. Ya no paseaba, no
deambulaba sin rumbo. Deseaba llegar lo antes posible a su casa e
introducir la llave en su puerta. La llave que apretaba frenéticamente
con su mano. Pero había demasiada gente en la calle a esas horas y
tenía que detener su paso constantemente. Tuvo que pararse ante un
numeroso grupo de turistas que esperaban subir a un autocar y por
un momento quiso subir con ellos y marcharse muy lejos. Sin embargo
continuó con su huida ahora intentando calmarse. El autocar y los
turistas le hicieron pensar en sus últimas vacaciones. Apenas había
deshecho las maletas de su último viaje con Mario. Pensaba en la
sensación de paz de la que había disfrutado y que tanto necesitaba
ahora. Recordó la sensación de pasear prácticamente desnuda todos los
días y la sensación que le produjo introducirse sus primeros pantalones
tejanos después de más de quince días yendo sin ropa. Recordaba la
presión de la tela contra su pubis y el roce que le producía andar con
ellos. Se acordó del placer que sintió y como, entre risas, se lo
comentó a Mario. "Por cierto, ¿dónde diablos estarán esos pantalones?".
.
"Qué hace la
gente cuando está agotada?".
Mario pensaba que lo mejor era dormir. Lo pensaba mientras recorría con
la vista la longitud, cada vez mayor, de la grieta que empezaba a
dividir en dos el comedor de su casa. Empezó a sentir el frío del suelo
en su espalda, el calor del humo del cigarrillo que tenía entre sus
dedos y también una pesadez absoluta en sus piernas que le impedía
levantarse. "Dormir". Cuando terminó con el cigarro lo aplastó
lentamente en el cenicero que descansaba sobre su vientre y luego lo
retiró. Se incorporó sorprendido por la agilidad con la que lo hizo
pese a su cansancio, vació el cenicero en una bolsa de basura y observó
los trozos de tela tejana dispersos por el suelo. Fue recogiéndolos uno
a uno y los devolvió a la bolsa de viaje que cerró de nuevo y
aparcó en la entrada de casa no sin antes extraer de uno de los
bolsillos la cajetilla de pastillas que siempre le acompañaba. La
depositó justo al lado del paquete de cigarrillos y el mechero, sobre
la mesa, en un orden escrupuloso. Abrió la llave del agua cerrada
durante días, y dejó correr durante un rato el agua de la ducha. Se
duchó y sin apenas secarse peinó todo su pelo hacia atrás. Luego se
afeitó. Se miró de soslayo en el espejo y secó el suelo del lavabo.
Llenó una botella de agua y caminó hacia el comedor. Se sentó delante
del mechero, el paquete de tabaco y la caja de pastillas
escrupulosamente ordenados. Abrió la botella y fue comiendo una a una
las pastillas que quedaban en la caja. Quiso pensar en todos los meses,
uno por uno, que había vivido con Julia pero se cansó. "Dormir". Se
levantó lentamente y se tumbó en la cama. Tapó la mitad de su cuerpo
con la sábana y siguió con la mirada la grieta, también cada vez mayor,
del techo de su habitación. Sonrió débilmente y se durmió.
.
Subió las
escaleras dedos en dos. Introdujo la
llave en el cerrojo de la puerta mecánicamente y abrió y cerró de un
portazo. Sintió una bofetada de calor que acabó venciéndola y se dejó
caer deslizando su espalda por la madera de la puerta. Acercó sus dedos
índices a su yugular, comprobó su cansancio e intentó en vano recuperar
un poco de aliento. Todavía jadeando se incorporó pesadamente y avanzó
hacia el lavabo despojándose de toda su ropa. Desnuda, sintió como su
piel se erizaba cuando el agua de la ducha la invadió. Quiso gritar
pero sólo notó algo que se le ahogaba en el pecho. Le pareció que su
cabeza se paraba y luego le pareció conocer el vacío. Salió de la
bañera lentamente y se miró en el espejo. Un charquito crecía poco a
poco a sus pies. Por un momento sintió una enorme distancia con la
imagen que le devolvía el espejo. El goteo de los grifos mal cerrados
le hicieron apartar la vista y trasladarle al hospital donde estaba
ingresado Mario. Vio el goteo del suero que le alimentaba, vio la
insoportable belleza de su mirada y vio su sonrisa casi insultante.
Luego volvió la cara hacia el espejo y vio a Mario despidiéndose:
"Tres".