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Relat guanyador 2004 - accèssit
a Sant Adrià
Autora: Mª Isabel Borrega Santano.
Luz de atardecer
La veo sentada junto a la ventana, en la tibia
penumbra del atardecer, tejiendo sin parar, a un ritmo incesante, como
anudando recuerdos, dándoles forma de puntilla, de flor o de pájaro,
como uniendo los minutos del tiempo pasado en un trama sutil que
permanezca y nos hable de ella cuando se haya ido.
La veo como una vela ya muy gastada que aún alumbra
en la fría tarde y tiembla amenazadora de apagarse al menor soplo
de una tenue brisa nocturna... y se me hiela el alma sólo de pensar en
la oscuridad que dejará en mi vida cuando se apague. No puedo
imaginarme qué haré de los geranios que ahora son la admiración del
vecindario, ni de la ausencia de su ropa blanca hondeando en el balcón
como banderas blancas que alegran la mañana. Qué será de sus
platos colgados en el pasillo, como invitando a la vez a una sabrosa
receta y a un colorido paisaje. Y cuando se apague su voz... pintoresca
retahíla de expresiones casi olvidadas, silenciarán también su risa,
cascabel de la infancia que aún replica con su sonora alegría.
La veo con la aguja, elaborando una danza de tiempos
muy lejanos, dibujando en el vaivén del hilo las trenzas de una niña
menuda y habladora que iba a la escuela de su pueblo, con los zapatos
gastados, pero muy limpia, repitiendo las canciones ya olvidadas de una
generación oscura, leyendo una cartilla color sepia y recitando las
oraciones del señor cura... y aún así, en sus ojos casi verdes, color
de hierba primeriza en la aridez de un prado seco, destellaba el deseo
por la lectura, por los mundos desconocidos, la avidez por lo
maravilloso, por lo humano.
Sonaban las campanas de la iglesia y las risas de
los niños en la plaza de su infancia... pero también el llanto por los
hermanos atrapados en una guerra que dejó una huella triste en su
memoria... las cartas que venían del frente también fueron su lectura.
Otros como ella aprendieron el abecedario de la sangre y la tristeza...
y las palabras escritas fueron latidos o muertos, literatura de la
esperanza o del desconsuelo.
A veces se detiene, escucha las noticias de la
tarde... guerras lejanas con sabor amargo. Ella sabe de cartillas de
racionamiento, de sopas de pan duro, de frío en invierno, y cree que
hemos cambiado mucho, pero muy poco. Y vuelve un poco triste a tejer su
memoria, para nosotros, para que no olvidemos...
Pero esta labor que ahora hace es para su nieta que
quiere casarse, como ella en aquel tiempo... Sentada en el umbral, a la
luz cálida de las tardes de primavera, acabados sus oficios, la casa
limpia, los trabajos del campo terminados, con otras muchachas de su
pueblo, entre risas y silencios cuajados de rubores, bordan en vainica
un mantel de amor, tímidamente, casi sin que la vea su enamorado que
viene cabalgando desde lejos, con la cara curtida por el sol y los ojos
brillantes del deseo contenido. Entre murmullos de agua y brotes de
hojas verdes, bajo la mirada vigilante de las madres, conversan y
pasean, sin apenas rozarse, anhelantes de un descuido, silenciosamente
sedientos los labios y los dedos.
Se miran inconscientes las manos... manos de cera,
arrugadas de amor, envejecidas de labor, suaves como seda,
transparentes como cristales que reflejan ríos ancestrales de sangre...
estos dedos fueron siempre ágiles y hábiles, entrenados en el cultivo,
el desgrane, en abrir la lana, amasar pan, recoger la aceituna, muñir
las vacas, escurrir cuajadas, elaborar dulces, lavar en ríos helados,
retorcer pañales y acariciar niños... no uno, sino muchos y a
todos por igual. ¡Cuántas camisas cosió! ¡Cuántos calcetines
remendados! ¡Cuántos pañuelos enseñó a bordar al amor de un brasero que
calentaba pequeños pies de seis niños buenos!.
Ahora ella enciende su pequeña estufa eléctrica,
justo el tiempo suficiente para que no suba demasiado el recibo de
la luz y se limpia la lágrima que sin querer le hace un poco más
profundo el surco de sus ojos... La soledad de la tarde va llenando la
estancia y la luz se hace más difusa. Busca sus gafas en el cesto de la
costura y reemprende la danza a ritmo lento, acompañado, soñoliento. Se
ha desconectado y revisa el último tramo hasta que encuentra la vuelta
perdida...
Aquellos pequeños pies fueron creciendo, se pusieron
zapatos ganados con esfuerzo, con el sudor de muchos veranos, y
llenando de ruido las habitaciones, la escuela, la calle, hasta que
aprendieron a irse... por caminos distantes, dejando el polvo del
camino incrustado en el corazón.
Un día, la casa se fue quedando vacía, la tierra se
fue quedando yerma, y tuvo que ponerse esos zapatos que te llevan lejos
de ti misma. Dijo adiós al cielo azul lleno de pájaros, al regato que
había lavado sus enaguas, al árbol que daba sombra a su tierra, a la
vaca que alimentó a sus hijos, al trigo que le dio el pan, a los
vecinos que compartían su pueblo... y puso sus ovillos en una maleta.
¿Cómo entender el ruido? ¿ Cómo respirar el humo?
¿Cómo desenmarañar el entramado de tantas calles? ¿Cómo encontrar la
puerta en un laberinto de puertas similares? ¿ Cómo no estar solo entre
una multitud de soledades? Y aún así supo. Se acostumbró. Encontró un
sitio. Inició un nuevo rumbo. Le dio vueltas y más vueltas al hilo
hasta seguir tejiendo nuevamente, como una aguja desacostumbrada a una
densidad más grave, más sintética, menos natural, más eléctrica, pero
posible.
Fue duro encontrar trabajo, pagar piso, dar estudios
a los hijos. Fue duro poner en marcha una nueva vida lejos de todo, sin
el eco de las voces familiares, sin el calor de lo hasta entonces
aprendido, abriéndose paso a lo desconocido. Fue duro... y cuando ya la
luz volvía a brillar y el canario encontró su sitio entre los tiestos
del balcón, y los nietos jugaban en su falda, fue duro perder su
compañero de viaje, quedarse en la sombra de la esperanza, quedarse
sola mirando atrás, fue duro...
Nuevamente anudó las hebras del desconsuelo y tejió
la vida, haciendo palpitar baberos, jerseys diminutos, gorros de lana
para que los pequeños la quisieran, la reconocieran en el olor colorido
de las bufandas de invierno. La abuela sobrevivía envuelta en un telar
de besos.
Esta tarde la veo tejer, algo taciturna pero
satisfecha, tembloroso el pulso, la vista neblinosa, pero el corazón
atento y yo también limpio la lágrima que no me dejar verla con
claridad. Pero ella sabe cómo reavivar la mecha, cómo llenar de nuevo
de luz la soledad, cómo hilvanar la risa para que yo no sufra... sus
ojos pícaros me miran y me cuenta algún chisme que despista.
Me enseña los cajones llenos de manteles, bordados,
tapetes, delantales, sábanas ribetadas de puntillas... auténticas
artesanías de recuerdos, legados para sus hijos y sus hijas... yo sé
cuántas caricias las han tejido. Yo sé que en ellas está escrita su
vida y parte de la mía.
La dejo sola, sentada a la luz de una lamparita,
escribiendo con su aguja de ganchillo una línea más de su biografía; la
noche es fría y ya oscurece. Me dice hasta mañana... Miro desde la
calle y veo la temblorosa luz de una vela en su ventana...
La luna fría se ha puesto un velo de puntilla...
¡Hasta mañana!