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TERCER CONCURS DE RELATS BREUS DE DONES

"Paraules d’Adriana"

PRIMER PREMI 2001

AUTORA: LAURA NÚÑEZ GALVÁN

 

Morón - Once: donde los besos cuestan la voluntad

 

A Sara y Gabriel, por las charlas con y sin mate

Sobretodo a mi hermana

Especialmente a los enanos

Y a todos y todas las ambulantes que siguen en pie

 

La primavera no ha llegado a Morón.

Ni en sus pájaros, ni en la intensidad de su luz, ni en la diferencia sutil de color de la que tantas veces las flores presumen. Esta semi-ciudad, en el margen oeste de la capital bonarense, emerge sin particularidad aparente. Fluye y late como otra de las tantas poblaciones que suburbian la Argentina actual y se proclama como participe referencial para todo aquel que quiera entrever que está ocurriendo en los últimos tiempos.

La urbe, a su manera, sigue amaneciendo día tras noche. Y lo hace al compás de los trenes, cuales constantemente fieles, la cruzan y la quiebran. Ello, aunque banal, es la mejor manera de asegurarse, de asegurarme, que en esta parcialidad de mundo sin voz, la vida, sobrevivido, es el pan de cada día que más cuesta digerir.

Y en la diversidad de gentes que transcurrimos por el lugar, cada uno de nosotros tenemos una relación intrínseca, causal y a la vez peculiar de estar aquí. Siento, no obstante, que son sólo breves instantes en que tenemos la oportunidad de tenernos uno frente al otro y coincidirnos, espacios de indagación donde alejarse del referente moronense.

La llegada de una locomotora provoca tal ajetreo que parece imposible que un suceso tan complejo se convierta en un acontecimiento tan cotidiano. La estación, a diferencia de otros ámbitos, se presenta como hervidero humano donde se aglutinan sus más fieles servidores; carniceros, panaderas, puesteros de comida rápida (pero indigesta), vendedoras de plantas pomposas, vendedores de fruta convencional, cafeteros, factureras... Entre ellos me siento hormiga que de a poco recorre un túnel lleno de imágenes y secuencias que al final, si quiero viajar me hace decidir entre la máquina expendedora de billetes o la venta del funcionario de la compañía. Prefiero depender de mi suerte y ver que es lo que tengo en mi bolsillo: pesos sueltos = destino máquina, billetes arrugados = comunicación personal. Pago y entro. Empieza la espera.

No sé si por ley murphyniana pero son los del andén de enfrente, dirección este, los que antes viajarán. Ha llegado un tren destartalado y pesado que chirría. Sus puertas se abren y los protagonistas de los vagones cambian. Otra vez me quedo en la duda de que harán las gentes que ahora se alejan, o las que han entrado, que será de sus vidas, de que cosas deben estar hablado esos tres? En que noticia ha quedado anclada la mujer que lee Clarín? Adónde se dirigirá apresuradamente esa pareja?

En la espera, todos y todas las que permanecemos (alguien más impaciente que otro) estamos en la misma condición de igualdad. Aquí no hay conocido o plata que interceda en llegar antes o en mejores condiciones, no hay ni primera ni segunda clase, no hay favoritismos. Todos vamos a formar parte de un vagón cargado de direccionalidades, experiencia y pensamientos que durante un rato estarán ancladas bajo un mismo techo.

Oigo sonar la sirena que anuncia que el tren está llegando. Hoy no ha habido retrasos como en otras ocasiones donde los "accidentes" (llamados así para evitar mencionar los suicidios que realmente son) paralizan durante largas horas la demora. Las barreras por donde los coches, motocicletas y algunos transeúntes cruzan, baja e impide la circulación. Ahora todo se centra en la mirada del que llega, el que va a trasladarnos hasta Once, la capital. Presiento que difícilmente voy a tener asiento, o si más no que los codazos que ya recibo por parte de algunos, así lo pronostica. Pero no importa. No sentarme significa no leer y atender más al paisaje y aquellos que me acompañarán durante casi 40 minutos.

Con una vieja caja de cartón, un señor de mediana edad, barrigón y con ojos color ceniza expone lo que es la base de su economía de subsistencia. De a poco se acerca a aquellos que van sentados y a los que les toca sujetar las tabletas que tienta con comprar. Una primera vuelta donde el vendedor enuncia, presenta el producto, y nos cuenta que tiene entre manos y una segunda pasadita para probar suerte esperando que algún chiquillo haya convencido a su madre para que no se los devuelva. Uno a uno, una a una, van sucediéndose los y las ambulantes, con múltiples mercancías, con distintos discursos pero con un solo mensaje: sobrevivir, salvarse de esta pobredumbre de mierda en la que la Argentina más contemporánea está sucumbida.

Le toca el turno al vendedor de alarmas, a este lo conozco de verlo otros días. Lleva la camisa empapada de sudor y sin quererlo, quizás por las horas que lo relatan en pie, los pantalones casi desabrochados. Parece cansado pero su voz delata fuerza... si más no para hacerse escuchar

-" miren que les traigo a aquellos que quieran tener bien aseguradas puertas y ventanas, alarmas de mano señores para proteger sus casas de robos, de ladrones, para estar seguros... piiiiiiiipp, piiiiiip, miren sin compromiso... hoy alarmas a 3 pesos la unidad y dos por 5 pesos! Aprovechen esta oportunidad....piiiip, piiiiip!!

Yo nunca desde la otra vez en que lo crucé había visto un artefacto con tales características y dimensiones. Pero acá todo es posible y lo más inimaginable existe. Hay una señora recostada en una de las puertas que parece interesada y sin que haya de pedirle nada, el que ambula le acerca una muestra, satisfecho. Seguirá andando hasta llegar a la conjunción del otro vagón y a la vuelta, deseando haber dado espacio suficiente a los consumidores para preparar sus monedas, volverá. Pero en esta ocasión, ¡cómo en tantas otras! No ha habido venta y se va lleno de mucho, pero sin nada.

Sin tiempo de saber si estamos pasando por Flores o Liniers, una mujer de aire gitano, quizás de raíz búlgara o rumana, pide con la palma extendida mientras murmura palabras que no puedo llegar a comprender. En el otro brazo sujeta a un niño pequeño que por suerte, pienso, parece dormir sin percatarse de nada. A su lado otra mujer parece rescatar la escena y por sus gestos y expresiones, un tanto extrañas, sentenciar a la nueva integrante del grupo ferroviario. La desigualdad que aflora entre ellas es palpable, pero no evidente. La diferencia se despliega en los cauces de aquello que las une de aquello que irremediablemente comparten y donde las bisagras culturales palidecen. Ambas, con historias probablemente cargadas de antítesis y sueños opuestos de rumbo, no pueden evitar caer en la comparecencia del ser mujer y sujetar, aunque involuntariamente, el peso de la complicidad.

Despacio, las imágenes aparecen y desaparecen, superponiendo momentos de una cotidianidad que tiene una parte excesivamente ilegítima de la que no quiero zafar. La mañana está nublada y todo parece recrudecer el instante, si más no, potenciar la dureza de lo presiento será la Argentina durante mucho tiempo. Y los seres, recluidos en submundos, parecemos normalizar las situaciones que se repiten. Miramos a nuestro alrededor sin ver, o lo que es lo mismo, vemos sin querer mirar, sin detenernos en abismos de miserias de la que este trozo de tren está tan incesantemente lleno. Hoy no me abstraigo, pretendo de forma utópica, compartir su pesar.

Pero no hay lugar para las divagaciones, he encontrado asiento y nuevas voces de fondo entran en escena. En este momento una niña de unos 8 años se mueve sigilosamente y sin decir nada se dirige a otro viajero otorgándole una mirada descongelada que mezcla la incertidumbre, la proclama, el agotamiento y la misericordia. Algo, por favor. No es una imagen nueva, o al menos eso parece provocar en la reacción de los otros, que de forma un tanto burda despista y prefiere optar por el reflejo de desechos de mugre y basura que ahora se proyectan por la ventana. Y no hay sólo eso, también traduzco algunas villas al fondo con paredes de hojalata, un avión que parece estar aterrizando en Ezeiza e innumerables carteles de comercios a lo largo de la carretera que, en paralelo, nos acompañan.

Alguien a mi lado gesticula con su compañero lo que parece una conversación insulsa, acorde con el espacio donde estamos, como si fuera el lugar indicado para ello, el idóneo. No agudizo mi oído para escucharlos aunque rescato que uno de estos hace referencia a las condiciones que tienen en su laburo. Se queja y protesta. Que si esto ya no es lo que era, que le recortaron parte del sueldo, que si su sobrino se fue a España a probar suerte...el otro no parece sorprendido y asienta con la cabeza, despacio. Me percato de que ya son tantas y tantas veces que el epicentro de la charla no me es ajeno! Hasta diría que es el susurro monotemático en esta primavera fatal. La vida no es otra a la que está aquí mostrada, o no al menos en estos momentos de recorrido, donde quizás dejarse llevar por el vaivén de un lugar a otro, puede parecernos un momento de rescate definitivo. Me siento agotada, siento fatiga muy adentro, rabia e impotencia al saber que el viaje de la esperanza no acaba de detenerse nunca, que no tiene estación donde perecer.

De lejos veo a un hombre flaco con algo en la mano que capta mi atención, lleva unos calendarios bastante grandes con unas letras que aún no distingo leer. Como si fuera ajeno a él, otro señor por mi espalda empieza a hablar de forma ordenada, como aprendida, repetida:

-"... y por Patria que algún día defendimos ahora pedimos una ayuda a los señores pasajeros, porque en nuestro esfuerzo se basó esa lucha que ahora queda lejana... la guerra con las Malvinas que dio a nuestro país 609 muertos... les pedimos una colaboración para nosotros que somos excombatientes y no conseguimos trabajo..."

Me sorprendo, me doy cuenta que hasta en los reductos más inesperados hay algunos, que amparándose en un pasado nacional, también están necesitados. Ahora distingo los calendarios. Llevan fotos de un tal cementerio Darwin donde probablemente yacen soldados de esa guerra y junto a este, un poema que, como grito desesperado los jueves en la Plaza de Mayo, una madre le dedica a su difunto hijo. Los excombatientes se alejan mientras piden. Al menos parece que el mensaje ha llegado pues la bolsa del más viejo (el cargador de historia) se ha vaciado de peso y eso, aquí, es buena señal.

De poco nos acercamos a la capital. Lo noto por la penumbra reflejada en el aire y la presencia cada vez más palpable de algunos edificios altos en forma de ciudad dormitorio donde albergar desamparados. Oigo el ruido de un beso y me giro sobre mis pies. Un chiquillo se acerca a los pasajeros y les sorprende con un abrazo. Algunos son reticentes y casi lo desalojan de su lado, otros sonríen y sobretodo las mujeres se enternecen. No sé que está pasando. En su mano lleva papeles arrugados y amarillentos en los que va incluido un mensaje. No me llega ninguno a las manos pero tengo tiempo de ver el que la mina que esta a mi lado: "Mario sufre leucemia. Tiene tres años y necesita con urgencia una operación para curarse" mientras leo, el chiquillo pregunta a los "receptores de besos" como están al modo más argentino: todo bien? La gente, o al menos la mayoría, en breve, le hemos agarrado cariño. Quizás hasta algunos avecinan sonrisas. Atrás quedan los chocolates, las medias a 1 peso el par, las pilas recargables, los manteles bolivianos, las maquinillas de afeitar, las latas de refrescos frías, los helados a 50 centavos... la atención la roba Mario que en breve empieza a recoger los papelitos y a llenarse los bolsillos de monedas y algún que otro billete de color. El pequeño va comprobando la cantidad que recibe y no sé si por intimidación o inocencia va preguntando: - cuánto me has dado? Ahí la magia parece desaparecer y volver a reconstruir la escena. Los besos no son acá una entrega desinteresada, una escena de film yanqui, ni tan sólo un choque de mejillas que toca dar, acá los besos cuentan un esfuerzo, casi un futuro, o con la voluntad, lo que se pueda.


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