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Relat guanyador 2.000 - Categoria General

Autora: Mónica Plaza Murcia

Por eso la tristeza

La historia comienza en el punto mismo en que todo desaparece. Así dicho, es posible que ustedes reconozcan en este comienzo -y en el de la historia-, la contradicción. Pero no se trata de eso. De acuerdo. Todo esto es confuso y puede que al cabo de unas páginas incluso irrelevante, pero hay que hablar de lo que desaparece para poder llegar a contar algo certero sobre lo que es. Tal vez por eso Delia empezaba las cartas escribiendo su nombre, única cosa de la que estaba segura a estas alturas de su vida y sus desapariciones. Ella escribía primero el lugar donde estaba (y los lugares eran también distintos a pesar de repetirse), luego la fecha (escrita siempre con números largos que parecían remitir al calendario), y por último el nombre entre paréntesis (Delia). A veces algunos destinatarios creían que lo del paréntesis era el nombre de la casa o la villa donde ella se encontraba, y entonces recibía menos cartas de las que la correspondencia le debía, porque muchas iban a parar a las doce Villa Delias del mundo que se reparten por cuatro continentes.

De todas las noticias que la confusión le negó algunas eran importantes. Otras sólo palabras perdidas que no necesitaron explicación por desaparecer.

 Mi historia tendría que ser únicamente la historia de Delia y sus desapariciones, pero debo reconocer que siempre me perdió el detalle, y que por culpa de eso soy un tipo acostumbrado a escoger el camino más largo en lugar del atajo, y no porque me guste la demora, sino porque encuentro en el circunloquio un pasillo agradable a propósito del cual surge el pretexto. Mi pretexto es que Delia amaba, y que cuando lo hacía siempre terminaba desapareciendo. Y no crean que desaparecía en el sentido figurado que todo buen lector intuye, sino en el estricto significado de la palabra: Delia amaba y por eso se volvía invisible.

 

 II

Delia no es ni alta ni baja, sino más bien una chica que en la distancia se ve proporcionada. Su cabeza va unida a los hombros por un cuello largo de tendencia curiosa, de modo que un ruido se transforma en un brusco quiebro de tendones a fin de que los ojos reconozcan en algo el origen del sonido. El torso resulta agradable por lo discreto, sin altos ni bajos, con ropa amplia por supuesto intencional, y una preferencia notable por las chaquetas; mejor dicho, por los botones. Las piernas largas, fuertes rodillas preparadas para salir corriendo, da la impresión de mantenerse erguida tan sólo por error.

De todas formas, con Delia sucede que uno deja lo mejor para el final. Uno se detiene en su cuello y en sus piernas y pierde de vista su cara y su cabeza, que son toda una por culpa de ese corte de pelo accidental primero y para siempre después; ese corte que acabó con una media melena e inició la etapa de pelo-a-ras-de-cráneo, de pelo-rapado, de no-pelo. Gracias al no-pelo sus ojos son inmensos, casi interminables. Son lo primero que uno recuerda y también lo que más temprano desaparece, quizá porque con ellos se marcha la expresión de Delia. La idea de Delia. Delia.

A Santiago le perdió Delia con sus ojos. Corrió detrás de ella una mañana soleada, siguiéndola por todas las tiendas de su calle y de dos calles más allá, parando en la tintorería a recoger un traje antiguamente manchado de mayonesa, dando alcance al autobús imposible que no podía perder. Cuando ella vio que la seguía no quiso comprender que aspiraba a su mirada y no a su compañía, y como estaban tan sola que hasta el viento le parecía un amigo, le dijo que sí a cenar juntos por la noche.

Santiago andaba atrapado en un ojo primero y en otro después, como si IRIS fuese una palabra muy larga y ÉL un pronombre muy corto. Si Delia desviaba la mirada hacia el camarero, él giraba su silla para no dejar escapar áquel instante de búsqueda. Santiago siempre estaba esperándola después de sus parpadeos y a ella nada de eso la dejó indiferente.

Así que él decidió en una semana que no podría vivir sin mirar a Delia cada mañana, y le pidió un lugar en su casa y una silla frente a la suya a la hora de comer. Y Delia empezó a agotarse de tanto resistir al ímpetu del primer tipo que se atrevía a poner su nombre en el buzón. Al mes y medio repetía Santiago a solas para no necesitarle cerca. Entonces ocurrió. Entonces Delia comenzó a desaparecer. Primero fueron sus ojos, y Santiago se asustó tanto al ver cómo la mirada de Delia era transparente, que solicitó un cambio de turno en el trabajo para encontrarse con ella sólo en la oscuridad. Después fueron las manos, y Delia dejó de sentir cosas tan corrientes como encender la luz o tantear el calor del agua de la ducha. El tacto se le escapó igual que se le había escapado el contorno.

Santiago tuvo miedo y se alejó, no corriendo sino apuntándose a un equipo de fútbol donde todo era contacto. Dando patadas al balón sudaba y olvidaba a partes iguales.

Por último, a Delia se le desdibujó el corazón, y con él la voz, de modo que Santiago llegó a casa una tarde y creyó que se había ido. Desesperado por no hallar ninguna nota de despedida o explicación, hizo las maletas y cerró con llave, sintiendo que Delia había desaparecido del todo. A ella sólo le quedó esperar a que él se marchase tan lejos que sentir fuese imposible, y fue recuperando uno a uno todo lo que la desaparición le había negado, hasta que pudo volver a mirarse en el espejo y a reconocerse en el reflejo de los escaparates. A esas alturas de la reaparición Santiago había encontrado una terapeuta perfecta, bajita e invidente, a la que hizo prometer que nunca intentaría ver más allá de ellos dos juntos.

 

III

Me siento obligado a ser sincero. Sería estupendo para cualquier autor que Santiago hubiera sido el detonante de las desapariciones por amor de Delia. O que por lo menos pudiera decirse de él que fue el primero a causa del cual Delia se volvió invisible. Reconozcan conmigo que este hecho para nada casual haría de Santiago un personaje importante dentro de mi historia; de la historia de Delia y sus desapariciones, quiero decir. Pues no. Delia contaba ya con un pasado lleno de desaparición. Esto no supone que Delia hubiese amado mucho, o que las veces en que lo hizo fuesen lo suficientemente intensas como para provocar la huida de su forma lejos de otro.

Seguro que algunos de ustedes creen que Delia es afortunada como pocas, y muchos otros pensarán por el contrario que sus desapariciones son una tragedia mayor que cualquiera. Yo creí que desaparecer involuntariamente era un don para quien, como yo, esquiva al miedo sobre todo. Y sin embargo Delia no tenía ningún miedo, no temía nada, nada la hacía temblar al decidir.

Puede que piensen que ella creía desaparecer y en el fondo sólo se escondía, y les diré que eso tampoco es cierto y ya lo demostraron en su día los espejos. Asuman desde ahora que Delia desaparecía y todo será más fácil de entender.

Como iba diciendo, Santiago no fue el primero. Antes que él un investigador holandés de paso por España para un congreso había desafiado a sus líneas de la mano abandonado una próspera carrera en el campo de la endocrinología, una esposa y un niño, para quedarse junto a Delia. Él pensaba que Delia era la calma, y quiso que se fueran a vivir a una casa en las afueras, donde el jardín les apartase de la carretera y la carretera de la ciudad. Delia volvió a sentir el pálpito y dijo . Recogió un par de chaquetas y comenzó a cultivar tomates en la parte trasera del jardín.

El holandés estaba orgulloso de haber pasado por alto lo que tuvo que ser y él nunca quiso que fuera. Miraba a Delia y veía en ella la imagen del reto, justo hasta que Delia sintió que le añoraba cuando él iba a los congresos de endocrinología en Holanda. Al regresar de uno de ellos, el holandés encontró a Delia difuminándose, y creyó que el problema estaba en el idioma. Así que se apuntó a clases de castellano para poder explicarle a Delia que la estaba perdiendo con cada viaje.

Lo que fallaba no era la distancia sino el deseo, de modo que Delia fue quedando desdibujada más poco a poco que las veces anteriores, debido sobre todo a que el holandés tenía por costumbre ser delicado y Delia trató por todos los medios de que su despedida fuese igualmente delicada.

Antes de desaparecer por completo tuvo el detalle de reservarle un billete de avión a Amsterdam y telefonear a su esposa, aunque colgó enseguida porque extrañaba al holandés tan sólo escuchando su idioma extranjero y por eso ya había perdido la voz.

El holandés estuvo llamándola un día y una noche, e incluso salió a buscarla en el coche recorriendo el extrarradio, como si importase el lugar adonde uno se marcha cuando lo hace. Al no encontrarla no quiso seguir buscando y vendió la casa por teléfono antes de regresar a Holanda, donde su esposa y su niño de tres meses le habían guardado el sitio. Cuando la esposa del holandés le dijo que aún le quería, Delia empezó a recuperar el rostro y la voz, y después le volvieron las piernas y el corazón.

Lo que pasó con el holandés le dio a Delia la vuelta como un calcetín recién tendido. La dejó colgando de su imaginación y de sus fotografías. Pero Delia conocía la tristeza desde todos los puntos cardinales. Era tanta su confianza con ella, que el más mínimo atisbo servía para que Delia fuese preparando su recuperación, más sencilla cada vez pero no menos lacerante.

Antes del holandés a Delia casi la habían engañado. La desaparición había tardado tanto en llegar, que creyó que por fin tendría un futuro corriente y sin escapadas. También ella se confundió, y fue en esta ocasión cuando descubrió que amar era lo mismo que desaparecer.

Fue por culpa de Lucas que aprendió a disfrutar de la risa. Su compañía era más divertida que ninguna de las anteriores, sobre todo teniendo en cuenta que Delia se conformaba con la presencia sin importarle demasiado las condiciones.

Lucas estudiaba en la misma universidad y encontrarle no tuvo mérito. Sí lo tuvo el hecho de que fuera el novio de una buena amiga que dejó de serlo sin saber que Delia amaba y desaparecía, por este orden. De haberlo sabido tal vez no le habría importado tanto que Lucas fuese a recogerla en moto después de dejarla a ella en casa a las once. Pero como aquella chica era más impaciente que buena amiga, Lucas dejó de llamarla para pasar a saludarla de lejos.

Él pensó que Delia nunca esperaría demasiado de un chico capaz de abandonar así a una buena amiga. Delia pensó que podía esperar bastante de un chico que se atrevía a abandonar así a una buena amiga.

Al principio Delia iba con cuidado. A su madre la vida se le agrietó por un novio de último curso y ella no quería ser su madre. Le veía y quería quererle, pero él iba y venía con tanta rapidez que el tiempo era insuficiente.

Él se cansó enseguida de que ella lo aguardase con más impaciencia que su buena amiga. Las esperas se convirtieron en llamadas y éstas en preguntas, momento en que Delia se apresuró a reconocer delante de una taza de café que le amaba. Justo allí, en medio de una cafetería llena de matrimonios acostumbrados a lo corriente, Delia fue desapareciendo delante de Lucas sin haber pagado siquiera su café. Como él temía más que nada que le hicieran responsable de cualquier delito, pagó deprisa, dejó propina, arrancó su moto y nunca regresó a las clases.

Delia anduvo desaparecida casi todo el tercer trimestre, aunque no desaprovechó el tiempo. Estuvo leyendo al boom y memorizando poesías, ya que Lucas le había pulsado tanto el corazón que el mal pudo ser irreversible. Producto de su pánico a perder incluso el recuerdo, seleccionó treinta poemas doblando esquinas de libros prestados. En dos semanas era capaz de recitar sin pausa todas aquellas poesías que algunos le habían dejado, de tal manera que, aun cuando conocía las letras, las palabras, los versos, jamás podría decir que éstos le pertenecían. La confección de una memoria ajena le sirvió para llegar a los exámenes con su mejor agilidad mental, aunque seguía notando el eco grave de la respiración a solas.

 

IV

Con la carrera terminada Delia quiso dedicarse a algo. No fue un capricho sino una necesidad cualquiera de echar raíces, de lograr un sitio propio en el que poder mirar hacia atrás y verse en el pasado, o mirar hacia delante y reconocerse en el futuro. Lo consiguió nuevamente y sin fortuna, porque después de Lucas se impuso la prudencia de no volver a amar sin saber de veras que era amada. Con aquella gran frase prolongado todos sus encuentros podrán imaginarse que los muchachos fueron esquivando a Delia, tachando su número en la página de la D, deseándole una sola vez las buenas noches antes de olvidarla.

Ella retrocedió hasta el tiempo en que echaba de menos a alguien, y comenzó a dibujar poniéndole cara a la ausencia. De sus figuras de carboncillo salían perpetuas sonrisas, hondas miradas, conversaciones. La confusión entre lo que obligaba el deseo y su realidad provocaron que una mañana se despertara sin contorno tras haberse enamorado de lo que no era.

Por suerte no le costó demasiado romper los dibujos y deshacerse de los lápices. Sólo cuando sus bocetos no fueron más que penínsulas de papel, Delia volvió a ser visible y se rindió ante la desaparición, a la que dio las gracias por haberle recordado que no se vive lo que se sueña sino lo que se atraviesa.

Pero Delia creyó que el asunto del dibujo no era casualidad sino una pista, y entonces confió en un profesor de la Escuela de Bellas Artes que le explicó la poca importancia del contorno en las figuras. Al decirle que era mucho más bello lo intuido que lo constatable, Delia le abrazó sin cuidado y él se dejó rodear, contradiciendo cinco minutos más tarde su detallada teoría de que el contorno no existe. Ella le dijo que tenía un secreto que a cualquiera le parecería imposible, pero que confiaba en su temperamento artístico para que no huyera sin más cuando se lo contara. Él estaba nervioso, pues nunca antes había tenido tan buen resultado un discurso inventado para atraer alumnas a su buhardilla desordenada. Asombrado, volvió a convertir cualquier secreto en relativo, y Delia sintió (sí, de acuerdo, equivocadamente), que el profesor sería un estupendo compañero de desapariciones.

Cuando le explicó que ella amaba, y que por eso desaparecía, el profesor encendió el primer cigarrillo de su vida. Luego le pidió con cortesía que repitiese, y ella lo hizo: Yo amo, y cuando amo desaparezco. Le contó cómo se transformó en algo transparente al hablar con Lucas, o como Santiago creyó que antes que una desaparición era una huida y por eso su pena duró lo que la búsqueda de una nota de adiós. También le detalló las promesas del holandés y la casa que compartieron hasta que Delia confesó que le extrañaba mucho en los viajes.

El profesor tomaba aire y quería seguir escuchando algo que desde el inicio había tomado por delirio. No obstante la locura, se mantuvo sereno a base de medios vasos de whisky y soda, convencido de que aquella chica era la diferente, la mujer que todo artista espera y que no debe dejar pasar si lo que desea es más que nada una musa. Así que la convenció como pudo de que desaparecer era una virtud y nunca una tara, y Delia se dejó llevar por la suerte de haber topado con el amante cuyos retratos había destrozado creyendo sobre todo en su desgracia.

El profesor la dibujó de frente y de perfil, dejando la espalda para el instante en que su cara le diera fatiga y no inspiración. Fueron ésos días de trazo grueso, con Delia caminando hacia el sillón a bases de pasos cortos y movimientos transcritos a papel. Él dibujaba y daba las gracias por la oportunidad con nombre que el talento le tenía reservada.

Delia no hacía preguntas. Se conformaba con compartir el tiempo y su paso con alguien lleno de promesas hechas dibujo. Lo que sucede es que el profesor comprendió a medio camino entre la borrachera y el sueño que Delia creía en él y no en su arte, y entonces volvió a sentirse desvalido y cojo. Maldijo el día en que ella le había hablado de la desaparición, y dejo de querer pintarla para pasar a quererla sin caballete de por medio.

Delia, que estaba en la bañera cuando el profesor lloraba por su descubrimiento, comenzó a frotar con la esponja la nada en que se iba convirtiendo su cuerpo. Dentro del agua perdió el color, llegó un instante en que agua y cuerpo eran lo mismo. Ni siquiera los golpes de Delia contra la bañera se escuchaban en el cuarto, igual que tampoco se oía su voz cuando le gritaba al profesor que ella amaba, y que por eso desaparecía. Él se vió de repente emborrachado, sin saber que Delia luchaba contra lo invisible para poder decirle que no se fuera, que esperase el tiempo suficiente como para engañar a la desaparición y hacerle creer que el amor era no más que una mentira tan inventada como sus dibujos de profesor.

Delante de una bañera desde luego vacía, el profesor prendió fuego a los dibujos mientras Delia se abrazaba sus piernas invisibles y trataba de encontrar la forma de hacerle llegar que, como él había dicho, el contorno no importaba. Pero el profesor quemaba los dibujos y gritaba a la bañera vacía Delia, no es a ti a quien quiero, sino a tu dibujo. Asustada por el humo, Delia salió de la bañera y recogió una a una las cosas que el tiempo había trasladado a la buhardilla. Al cerrar la puerta vio que el profesor se había quedado dormido sobre cenizas, pero ella no podía hacer otra cosa que imaginar un beso de despedida que por supuesto la desaparición le negó.

Delia recuperó el contorno y la figura una vez el profesor se dio cuenta de que todo su rastro se había ido del piso como si nunca hubiera estado allí. Dado que había hecho arder sus dibujos, lo único que tenía el profesor para atestiguar su existencia era una memoria salpicada de whiskys con soda. Delia se convirtió para él en secreto y creación, razón por la cual abandonó la bebida y dejó de quererla a ella como si en lugar de un amor hubiera sido un vicio. Nada más dejar de necesitarla, Delia reaparició mirando por la ventana, justo cuando echaba de menos las tardes de posado en el sillón.

V

Después de asumir que el contorno sí importaba, Delia se refugió en su angustia como si la tristeza excavara un lugar seguro. Deseó con toda la fuerza que da la rabia que un día, por una vez, pudiese tener lo que quería. Por eso se puso a querer con todas sus fuerzas ser capaz de amar sin desaparecer.

Pensar en lo que quería de aquella manera convertía sus desapariciones en pesadillas, y sus pesadillas en pánico, siendo cada vez más negra la sombra de las paredes. Y sin embargo Delia no se rindió; siguió peleando contra la voluntad de lo invisible, escribiéndole cartas que explicaban por qué necesitaba ella el abrazo, la culpa, el beso o la palabra que querer sin desaparecer. Pero su desaparición no respondía más allá de pequeños avisos en forma de manos sin forma cada vez que Delia recordaba cómo empezó a querer y cómo sus desapariciones la obligaron a terminar algo que todavía era inicio. Si Delia cerraba los ojos y regresaba a las tardes con Santiago, sus dedos iban perdiendo el color y la textura hasta dejar de ser el final de la mano. La memoria de Lucas tomando notas en clase acababa definitivamente con su rostro, quedando su cuerpo sin cabeza y su cabeza sin cuerpo, como las estatuas que se vencen a causa del peso y el viento, aburridas de la verticalidad. Los sueños desprevenidos con el profesor perfilando nuevamente su figura la dejaban sin cuerpo, sin líneas, la volvían invisible y se despertaba prometiendo en voz alta que ya no quería, y rogándole a la desaparición un ápice de condescendencia hacia quien, como ella, podía tan sólo aproximarse al deseo.

Fue éste un tiempo de renuncia, de ilusión, de irrealidad y de otras muchas palabras que empiezan por i. Delia acopló las fuerzas y logró persuadirse para no amar, al menos de momento. Ella era la mejor compañía que las horas le podían dar. Volvió a pintar figuras y a disfrutar de su cara contra el frío del espejo, si bien nunca dejaba de temer el instante en que amar y ser derrotada fuesen la misma cosa.

Yo la descubrí en un parque, cuando ella cerraba los ojos justo debajo del sol. Le pregunté qué ganaba uno dejando de mirar la luz y me respondió que sombras. Así que me resigné a sentarme junto a una chica de ojos inabordables sin mirarla y acompañé a Delia en su búsqueda de sombras bajo el sol.

Cuando atardeció me dio la mano. Soy Delia, dijo. Yo no quise presentarme porque antes que ninguna otra cosa de mí escondo el nombre. Iba a alejarse, de modo que preferí ser impaciente y le pedí un paseo. Ella negó con la cabeza nada más escuchar la interrogación. No soy testarudo, y la persistencia es algo que abandoné con mi oficio, pero en realidad mis costumbres flaquearon esa tarde e insistí hasta que me abandonaron las palabras, pues Delia continuaba negando sin excusarse. Le pedí entonces una razón minúscula para no concederme siquiera una ida rápida al lago. Ella dejó caer las manos a lo largo de su cuerpo y se encogió de hombros. Yo amo, y cuando amo desaparezco. Ése es mi único dolor y lo único para lo que no existe el consuelo.

Por eso sin decir nada me alejé de Delia y de su historia hasta que decidí seguirla siempre y por todas partes. Tal vez si ella no me siente, ni me descubre, ni me añora; tal vez si nunca me ama, tal vez entonces jamás desaparezca.


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