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Relat guanyador 2006 - Categoria general
Autora: Cristina Monpeat Núñez
AMADO PRÍNCIPE
Cada noche se peinaba frente al espejo, meticulosamente. Imaginaba que
trenzaba su cabello en dos y anudaba sendos lazos de seda, blancos unas
veces, rojos otras. Se preparaba para esperarlo en sueños. Eso
era lo que le habían dicho. Las chicas se preparan, ya desde
niñas, para esperar a su príncipe. Lo había
oído en el colegio y también en las fantásticas
películas en las que cabalgaba durante horas, lejos de si misma
y de esa vida extraña que la envolvía. Lo curioso del
caso es que el suyo no era de color azul, o quizás lo hubiera
sido en otro tiempo. La delicada, casi transparente, piel de su tez y
de sus manos recordaba el pálido brillo de la nieve en los
primeros instantes de la mañana, justo al despuntar del alba;
curiosa paradoja, pues ese era el momento preciso en el que el
Príncipe se retiraba a sus aposentos, a los que nunca llegaba la
luz. Oscura, densa y profunda era su mirada.
Había tenido también noticia de que la gente
sentía horror a su paso, que se escondía y se
refería a él llamándole el sanguinario, el
“empalador”, el no muerto… aunque también,
con más amabilidad y razón, el Señor de la Noche.
Príncipe de las Tinieblas.
Era cierto. El Príncipe sembraba el desconcierto a su paso. Era
tal la extrañeza que despertaban su presencia y sus costumbres
que la incomodidad ante lo desconocido llevaba a los lugareños a
hundirse en la ignorancia, en la superstición y en una absoluta
falta de empatía. Así era como habían llegado a
manifestarle una feroz hostilidad, molestándolo en sus sagradas
horas de sueño, intentando clavarle estacas en el corazón
o manteniéndolo despierto hasta la salida del sol para dejarle
expuesto a la luz; sabiendo cuán peligrosa era su intolerancia a
los rayos ultravioleta. Por no hablar de los crucifijos ardientes, el
perfume de ajo, el agua bendita sulfurosa y unas cuantas
supercherías más que tanto daño causaban al
Príncipe y a sus amistades.
Ella, por el contrario, y quizás debido a la afinidad de
caracteres, podía entender mejor que nadie los motivos de su
comportamiento, en verdad, poco habitual.
No podía. No podía ser malvado quien se aparecía
cada noche para rescatarla, aunque fuera en sueños, de la
violencia de su vida. Sí, es cierto que en la vida del
Príncipe también había violencia. Es cierto que
clavaba sus largos y afilados incisivos en cuellos blancos y tiernos y
bebía a sorbos la sangre caliente y viva, pero
¿qué más opciones tenía?
¿podía acaso elegir? Había sido condenado para
toda la eternidad a vagar de noche y a dormir de día. No era
pues extraño que sin el calor del sol, el Príncipe se
hubiera alterado un poco. Está comprobado que la falta de luz
solar produce melancolía, desánimo y hasta
síntomas depresivos. Además, extrañas amistades
puede hacer una saliendo siempre de noche. Eso lo sabemos todas.
Se le había prohibido tomar cualquier tipo de alimento: ni
carne, ni pescado, ni pan, ni uvas, ni queso... que, por lo menos,
saben a beso. Por no poder, ni tan solo vino tinto podía tomar,
ni siquiera un poco de rosado, que es más pálido y menos
denso. ¿No era acaso normal que estuviera resentido y tuviera el
carácter airado, alguien condenado a una dieta tan
monótona, privado de todo manjar?
¿Y lo del alojamiento?, eso ya era más que una infamia.
Dormir de día, de acuerdo, otras muchas adictas a diversas
sustancias, que no la sangre, practican esa costumbre… pero
¿por qué no una Queen Size?, ¿por qué un
camastro incómodo y lúgubre... aquel ataúd
frío y duro sobre un lecho de tierra húmeda de los
Cárpatos? ¿Qué mente retorcida puede llegar a
pensar que alguien sea capaz de decidir por gusto tal descanso, por lo
demás, eterno? Era pues comprensible, que tras un largo
día sin sol, mal alimentado y con reuma en los huesos, el
Príncipe se levantara al ocaso de un humor de perros, o
más bien, de lobos. Después de todo, era admirable
cómo jamás perdía la compostura y hacía
siempre gala de una refinada y exquisita elegancia, tanto en las ropas,
como en los gestos y en el trato.
Ajustó el lazo blanco al final de una de sus trenzas mientras
pensaba que no conocía un caso más claro de mala prensa.
Cuando decidimos demonizar a alguien, ya puede tratarse del ser vivo, o
muerto, más tierno y romántico sobre la faz de la tierra
-o bajo ella-; no importa lo que piense, no importa lo que haga o diga;
lo calumniamos, lo condenamos y lo perseguimos hasta acabar con
él. ¿Será por qué a veces solo
sentimos alivio destruyendo aquello que anhelamos y no podemos alcanzar?
Con la cara limpia y el cabello brillante y trenzado, sonrió
ante el espejo y salió del aseo. Su madre estaba en el
salón:
- Venga niña, que hay que ir a dormir… ¿ya hiciste
los deberes? ¿Ya te lavaste los dientes? ¿Ya preparaste
la ropa para mañana?... -le iba preguntando mientras le estiraba
el volante de la camisa de dormir.
- Sí… sí… sí… –respondía la niña.
- Pues lista, a la cama. Tu hermana está dormida en la cuna, tu
padre llegará tarde y el abuelo ¡sabrá dios!
El abuelo… Sí, solo dios sabe lo que los seres humanos no
alcanzan a comprender. Quizás, el todopoderoso entendiera lo que
el abuelo estaba haciendo, ¿quién más
podría? Como siempre, llegaría tarde. Como siempre, con
el humo del bar pegado al traje. Ebrio, como siempre.
La madre le colocó con cariño el embozo de las
sábanas, le dio un beso en la frente y dejó la casa para
ir trabajar. Aquel mes tenía turno de noche.
Se quedó sola, en penumbra y en silencio. Oyó los pasos
de su madre, alejándose escaleras abajo y se puso a pensar con
mucha fuerza en el Príncipe. Tenía que dormirse antes de
que el abuelo llegara. No quería que la encontrara despierta.
Podía hacerse la dormida, es cierto, a menudo lo intentaba,
aunque sin éxito. El abuelo reconocía a la
perfección cuándo dormía y cuándo no. El
ritmo acelerado de su respiración la delataba. Dormida estaba a
salvo, en los brazos de su Príncipe, el único que la
entendía, con quien se identificaba en tantas y tantas cosas...
el deseo de dormir durante el día, las escasas amistades, el
sentirse como muerta y, sobre todo, el no sentir. Nada, ni
alegría ni tristeza, ni gozo ni dolor. Nada. Muertos en un
cuerpo vivo. Eso era lo que más los unía. Y de esa
profunda comprensión nació la aventura, las largas
charlas al amparo de la luna, los encuentros nocturnos en
sueños. Si alcanzaba a encontrarlo a tiempo, la noche
transcurriría plácida, sin sobresaltos. Sin la
compañía del abuelo.
Las noches en que el viejo llegaba temprano, tras comprobar que estaban
solos en la casa, solos con el bebe en la cuna, susurraba su nombre
desde la puerta de la habitación: “Laura…
Laura…”, así, bien bajito y con una dudosa dulzura
en el tono. Se aproximaba a la cama, se sentaba despacio en el borde y
se acercaba aún más a su orejita en la que volvía
a susurrar: “Laura… Laura…”. Escuchaba el
ritmo de su respiración… “No me engañes
Laurita, se que no estás dormida…” y muy despacio,
como si alguien más pudiera escucharlos, levantaba la
sábana y entraba en la cama pegándose bien a la espalda
de su nieta... “no te muevas Laurita…”
La niña no podía oír nada más que el
desbocado e incontrolable latido de su propio corazón. Seca la
garganta, las palabras se le escapaban lejos. Paralizada por el
pánico, ni podía pensar en ordenarle a sus brazos o a sus
piernas que se movieran. Quieta, se quedaba muy quieta, con un nudo en
la garganta y otro en el estómago, tan quieta como podía,
y volvía, de nuevo y con fuerza, a pensar en el Príncipe,
para así, con la mente bien lejos de allí, dejar de
sentir su cuerpo.
Pero aquella noche tuvo suerte. Cuando el abuelo llegó empapado
de alcohol y de sudor, Laura ya se había marchado. Se encontraba
en los Cárpatos, más allá del Collado del Borgo.
Sentada frente al crepitar del fuego de una de las chimeneas del
Castillo. Fortalecida y resuelta, conversaba con su Príncipe,
sobre la vida, sobre la muerte y sobre la delgada línea que las
separa.
“LAURA CAR PATOS”
CRISTINA MOMPEAT NÚÑEZ